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Nuestra Historia

 

 

Rocha, Martes 3 de diciembre de 2019

Una victoria impostergable

Por Hebert Gatto
Cuando esta nota se publique se habrá confirmado formalmente el triunfo de la coalición multicolor. Un logro relevante, que revela que excluyendo a los  nacionalistas, algunos de los votantes de los restantes partidos coaligados, cuando debieron optar entre Martínez y Lacalle, prefirieron al primero. En una decisión que si revela su escaso compromiso con dicha coalición no prueba ninguna adhesión frentista de su parte. En la primera vuelta, la que conformó el parlamento, el acuerdo de casi todos los partidos opositores obtuvo más de quince puntos de ventaja sobre su rival consiguiendo una holgada mayoría en ambas cámaras. En la segunda, donde los mismos no competían directamente, triunfó quien debía hacerlo, un hombre mesurado, capaz de soportar la manifiesta irresponsabilidad de su oponente. Aceptando que ambas instancias constituyen un único sistema combinado, la mayoría de los ciudadanos carentes de partido en la vuelta final, admitieron la coalición y optaron por Lacalle. A pesar de que a varios de ellos, alrededor de una cuarta parte, les pesó adherir a un candidato elegido sin su participación y no lo votaron. Fue ese factor, más el relativo error de las encuestadoras proclamando un fácil triunfo opositor, lo que produjo el anecdótico desconcierto final. Un hecho ajeno a la pretendida remontada frentista de último momento. 
Más allá de esto, importa resaltar que la elección pasada no fue un acto comicial cualquiera, donde la llegada de un nuevo gobierno solo supone la alternancia común en toda democracia. Un mero cambio de administración. Aquí esta instancia refirió a un fenómeno más profundo y complejo. Con este cambio de partido culmina un modo particular de hacer política, un ciclo ininterrumpido de gobiernos de mayorías con dejación de las minorías y de sus colectividades. A su vez finaliza un tiempo histórico particular donde el Frente, colonizando a las dirigencias intelectuales, sociales y gremiales del país, consiguió una hazaña cultural:  imponer su marca. Hacer de sus relatos, de sus concepciones sobre lo bueno y lo malo, la inspiración de una parte del país, procurando entreverar política con cultura.
Contó para lograrlo con la acusada fatiga de sus rivales, con una coyuntura económica excepcional y con su habilidad para desempolvar la propuesta gramsciana y utilizarla para conseguir la dominación espiritual en la sociedad. Similar a la que en su momento utilizó la Iglesia. En las dos décadas pos dictadura ganó el gobierno, luego, desde él, en tres  quinquenios una preponderancia que el país no conocía. Un logro para el que se sirvió de instituciones, políticas comunitarias y movimientos sociales y artísticos apoyados por manifestaciones de todo orden, desde el teatro al carnaval con los cuales difundió una ética igualitarista que pretendió exclusiva. Con ese espíritu y con la ayuda del preexistente revisionismo histórico también reescribió, falseándola, la historia del país.  Se valió para ello una intelectualidad imitativa, cooptada desde el fin de la guerra por la ideología radical, apta para difundir su visión del mundo en todos los ámbitos. Incluyendo la vital enseñanza oficial, primaria, secundaria y universitaria. 
Paralelamente, desarrollando una moral social congruente con su concepción política, la izquierda frentista archivó la imposible revolución armada  –que antes de la crisis del socialismo constituía el sustento de su política-  reemplazándola por la guerra de movimientos, el cerco y la persuasión. Mediante la misma, canjeando ciencia por ética, clase por pueblo y mayoría por revolución, conformó una democracia con fuertes toques antiliberales,  (muy cercana al populismo),  divorciada de la necesaria neutralidad del accionar estatal. Consiguió así su principal objetivo, el que la define: quitar su autonomía a la sociedad civil que dejó de ser factor de contrapeso del poder político para transformase en su auxiliar indispensable.   
Sintiéndose intérprete de la historia, se adjudicó la exclusividad de la representación de pobres, marginados y excluidos, a los que finalmente, en un lejano futuro, el socialismo redimiría. Por más que en su gestión no solo no evitó al capitalismo sino que lo promovió y lo importó. El propio y el del exterior.  Por eso, por su mala fe discursiva, sus dobleces institucionales, su total incomprensión del liberalismo como filosofía y su proximidad al populismo, resulta imperativo alejarla del Estado. Pese a que ello no permita reemplazar la estructura económica básica del país, que sin modelos viables de reemplazo, subsistirá en lo previsible, como un reformismo capitalista.  Aún cuando, a diferencia de lo aquí ocurrido, el  modelo exija ser sensatamente aplicado. El capitalismo puede no gustar y no ser la mejor economía imaginable, pero aplicarlo a las calladas, con hipocresía, criticando sus fundamentos y despreciando a sus gestores, no resulta la mejor manera de mantenerlo ni justo ni lozano. 
Por eso, lo que ahora cambiará son instituciones, ideologías, hombres, estilos y tradiciones, pautas vitales para revitalizar la democracia liberal, frenando el creciente corporativismo, afirmando la equidad y la transparencia, promoviendo  una sociedad civil independiente y colaborando con el pluralismo social, gremial y cultural, mediante un accionar fundado en la tolerancia, la razón, el diálogo y, fundamentalmente la modestia. Lejos por fin, de verdades incontrovertibles o fatalismos históricos.  
Afortunadamente estas elecciones nacionales nos permiten vislumbrar una  corriente capaz de construir un nuevo equilibrio entre cultura, sociedad y economía. Una saludable reacción –que trasciende al mero cambio político pero parte del mismo. Por esa razón, el impulso renovador no puede posponer la defensa de una más plena convivencia ciudadana, no solamente económicamente viable sino justa e igualitaria. Su originalidad, como ha enseñado el siglo veinte, no radica ni en el socialismo, ni en el poder omnímodo de las mayorías populistas, ni en un mercantilismo desbocado. Supone adaptar a Keynes al siglo XXI. Quien lo dude que reflexione sobre Cuba, Venezuela, el desgarrado Chile de Piñera o la desafortunada Argentina de Macri. 
               
 

 

 

 

 

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