|
| Rocha, Martes 24 de marzo de 2012 |
Malvinas/YPF; ¿chauvinismo?
El grito que despierta el más profundo sentimiento nacionalista es utilizado desde tiempos inmemoriales para unir a un pueblo camino a un objetivo. No está en juego la razonabilidad del objetivo y mucho menos los instrumentos a usar para alcanzarlo, pero el camino se hace fácil porque a los movimientos de masas ese llamado les juega como un provocador de la conciencia grupal, la unidad, la hermandad; aviva lo que une y quita cualquier vestigio de confrontación interna. Funciona como una sustancia que agita y por tanto hace prevalecer lo colectivo general a lo grupal o sectorial.
La guerra de las Malvinas es un ejemplo de ello. Recuperar ese territorio tan rico en minerales y tan cerca geográficamente a la Argentina era un desafío que unía. Las grandes mayorías argentinas así lo vieron y lo sintieron y ante el llamado del gobernante de turno un temblor nacionalista recorrió la espina dorsal de toda esa nación.
El mismo procedimiento se usó ahora pero con YPF. El gobierno recurrió a un nacionalismo chauvinista para lanzar al pueblo una fruta que fue ampliamente festejada.
La guerra de las Malvinas y la nacionalización de YPF son hijos del mismo manual.
Recuperar el dominio del petróleo tal como lo hacen todos los países de América parece ser un objetivo loable y compartible. Yo así lo creo. “O Petróleo e nosso” dijo Getulio y comenzó el largo proceso de creación de Petrobras.
Por tanto, iniciar un proceso de “apropiación” pública del recurso natural que pertenece a la nación es un objetivo compartible. Algo similar planteamos aquí con el hierro. Una cosa es la propiedad del recurso y otra muy distinta su gestión, extracción, comercialización. Una cosa es recuperar el dominio público del bien natural y otra es arruinar a una empresa imponiendo una lógica de criminalizarla, arrebatándole al legítimo adjudicatario bienes que le fueron otorgados de acuerdo al marco jurídico vigente. Recomprar YPF y sus permisos de extracción, potenciar la participación del Estado en el dominio absoluto de un bien natural finito, sin dudas es el camino que hubiera elegido un Estado moderno y celoso protector de los procesos de inversión privado. Pero en ancas del nacionalismo rampante y al grito enronquecido que enardece multitudes, el gobierno argentino reproduce el llamado a la guerra que desde la plaza de mayo se hiciera en aquel fatídico 1982. Rompe la lógica del derecho positivo, atropella derechos que debió proteger y pone en ascuas a miles de inversionistas en todo el mundo que nada quieren saber con países que se llevan por delante los derechos de terceros.
El episodio de entonces, la guerra en Malvinas, trajo muerte, penuria, desolación y puso al objetivo de hacerse de ese territorio (no recuperarlas, porque solo se recupera lo que se tuvo y no es el caso) más lejos aún.
El episodio actual causará daño lateral inestimable a millones de argentinos en las más diversas áreas de la actividad económica. Es probable que como en 1982 aleje un poco más el objetivo de soberanía energética que proclama. Todo el territorio y más aún a los millones de pobres que tiene Argentina sufrirán por este procedimiento.
Las respuestas españolas parecen dadas a la medida para agudizar el nacionalismo chauvinista que hoy campea en la otra orilla. El griterío de hoy no deja escuchar. Muchos de los que aplauden hoy, sufrirán más adelante. Como en la plaza de mayo aquel 1982 la gente creía que el “pato” lo pagaban los gobernantes, pero el llamado al nacionalismo combinado con el “socialismo” ya sabemos es una lacra de las que algún día se arrepentirán.
Se pudo recuperar YPF, pero con un estado de derecho vigente, comprar las acciones e indemnizar adecuadamente. Pero esta medida tapará por un tiempo otros desmanes. Lo mismo se buscaba en el 82.
Jose Carlos Cardoso |