Los aficionados al
tango recordarán la bellísima música de esta pieza (del maestro
CARLOS DI SARLI, nada menos). Y también sus sentidos versos (del
poeta, también cantor y compositor, HÉCTOR MARCÓ).
Fue en una
veraniega noche de copas, festejando un triunfo de los “rojos
de TROUVILLE” en el añorado y desaparecido BOLICHE DE MANOLO,
en el corazón de POCITOS, que el inolvidable cantante “EL CIRUJA”
MONTERO nos enseñó a entonar ese tango.
¡Cuántas
veces lo cantamos en los boliches y bulines del viejo y desaparecido
POCITOS montevideano! Siempre con el alma aterida por la pena de
saber que el viejo barrio - que tanto amábamos y que tanto acarició
y alegró nuestros años juveniles - estaba inexorablemente condenado
a muerte por lo que el maestro VÍCTOR SOLIÑO supo describir certeramente
como “la piqueta fatal del progreso”.
También,
como JUAN PORTEÑO, hoy recorremos sus calles saturadas de gente
y de vehículos. Y nos sentimos ahogados por esos enormes y hostiles
muros de vidrio y hormigón, que desalojaron a las viejas casas solariegas
y los amplios y perfumados jardines del viejo barrio que, como el
BUENOS AIRES de las “románticas y bajas casitas”, “sólo está
en el corazón” de quienes tuvimos la fortuna de vivirlo. Y el
dolor de sobrevivirlo.
¡Cuántas
veces también – como JUAN PORTEÑO - tengo que culminar mi recorrida
inundado de nostalgia y “silbando un tango llorón”!
Nunca me
resignaré a la pérdida. Que me apenó tanto que me hizo abandonar
mi barrio natal para cambiarlo por los más amables y bellos lugares
de este departamento. Por más que sepa que era inevitable. Y que
no era más que el precio que debemos pagar por el explosivo aumento
de la especie y por la ineludible necesidad del progreso económico
y material.
Un precio
tan doloroso como necesario.
Cuyo pago
no podemos eludir. Aunque a nuestro alcance está – si somos sabios
y sensatos – tomar las medidas indispensables y eficaces para atenuar
la pérdida. En la medida de lo posible, claro está. No más de eso.
Pero es
mucho lo que se puede hacer. Y mucho lo que se puede rescatar y
salvar de la acción de la “piqueta fatal del progreso”.
Los cinco
mil firmantes – tal vez, ya muchos más – contra el proyecto del
puerto de LA PALOMA, son como el burgués de MOLIÈRE, aquel que hablaba
en prosa sin saberlo.
Ellos, también
sin plena conciencia, son cinco mil JUAN PORTEÑOS que deambulan
anonadados por tomar conciencia de que están en riesgo de que pronto
a ellos también los inunde la nostalgia.
Debieran
aprender – y urgentemente – de las lecciones del viejo barrio desaparecido
de POCITOS montevideano. O de las tristes enseñanzas de CAMBORIÚ.
Y de tantos otros lugares lamentablemente destrozados por la negligencia
humana.
Porque –
y que de ello nadie tenga dudas, ya que también hay buenos ejemplos
en el mundo – ES MUCHO LO QUE SE PUEDE HACER PARA MINIMIZAR EL IMPACTO
DEL PUERTO Y PARA RESCATAR EN BUENA PARTE LO TAN VALIOSO Y DESLUMBRANTE
DE LA PALOMA ACTUAL.
Sabemos
cómo hacerlo. Hay experiencia y conocimientos suficientes. Solamente
HAY QUE HACERLO.
E IMPEDIR.
No que se haga el puerto. Sino que el puerto que se haga destroce
todo lo bueno – y muy bueno – de que hoy podemos disfrutar.
En eso,
en destacar lo valioso de lo que hoy existe en LA PALOMA, hay al
menos cinco mil personas que tienen la razón de su lado.
En eso,
en destacar que no se debe condenar a muerte algo tan bello como
LA PALOMA actual, hay al menos cinco mil personas que tienen la
razón de su lado.
En realidad,
hay al menos cinco mil Y UNA. Porque acá hay otra más.
Mi diferencia
con el radical planteo de mis cinco mil camaradas radica en que
no me afilio a la falsa oposición: O PUERTO O LA PALOMA.
Pues estoy
convencido – y ejemplos hay en el mundo – de que ambos proyectos
pueden ser compatibles.
Sé que no
es fácil hacerlo. Pero el hombre llegó a la luna. También puede
hacer algo más sencillo, como impedir que el puerto destroce a LA
PALOMA actual.
Hay algo
– importantísimo – en que también tienen razón los cinco mil firmantes.
Que anda
por la noción adecuada de lo que sea eso que denominamos “PROGRESO”.
Muchos creen
– por pensar en forma harto superficial – que haber convertido a
POCITOS o a CAMBORIÚ en esos desagradables y hostiles hacinamientos
que son hoy en día ha sido un PROGRESO.
Mis cinco
mil compañeros de ruta que han firmado aquella proclama tienen plena
razón en negarlo.
Esos lamentables
resultados solamente pueden ser calificados como “PROGRESO” si nos
fijamos exclusivamente en algunos aspectos (los de orden más crudamente
material y más sencillamente mensurables). Olvidando otros de enorme
importancia, como los que se resumen en la feliz locución habitual:
CALIDAD DE VIDA.
Si incluimos
estos aspectos en el balance de costos y beneficios – COMO CORRESPONDE
– tenemos que concluir ineludiblemente que lo que se hizo en POCITOS
o en CAMBORIÚ no es, en manera alguna, UN PROGRESO.
Sino que
fue TODO LO CONTRARIO.
Pero si
miramos a ZONAMÉRICA – para no ir demasiado lejos – veremos que
tal tipo de proyectos pueden realizarse contemplando en forma adecuada
lo que llamamos “CALIDAD DE VIDA”.
Y eso sí
puede ser llamado PROGRESO. Con sabiduría, con sensatez y con orgullo.
ES POSIBLE
HACERLO. Si un núcleo pequeño de gente sensata supo hacerlo en aquel
lugar, TAMBIÉN SERÁ POSIBLE HACERLO EN LA PALOMA.
No debemos
– no podemos – olvidar que la construcción de un puerto de aguas
profundas será, entre diversas cosas, un medio para que muchos uruguayos
eleven sustancialmente su nivel de vida. Hoy injustamente deprimido
por las falencias de la sociedad uruguaya.
Eso es también
– como LA PALOMA actual – muy valioso.
Pero hay
lugar para ambos proyectos. SI SABEMOS HACERLO.
Y si no
sabemos hacerlo o si no podemos hacerlo, ENTONCES MÁS VALDRÁ PRESCINDIR
DEL PUERTO DE LA PALOMA.
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