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Rocha, Martes 24 de marzo de 2020

¿Y si todas estas medidas están causando más daño que el virus?


Por Jaime Secco

¿Qué pasa si el combate al mal de Wuhan mata más que el virus? Ese tipo de preguntas es pertinente siempre y más bien antes de tomar decisiones. Capaz que la respuesta es no, pero siempre vale la pena analizarla.
Y si la respuesta es sí, ¿cuál es el mecanismo que impulsa a adoptar líneas de acción dañinas?
Claro que toda decisión tendrá efectos negativos, por eso mismo hay que evaluar. Esta nota no trae una respuesta, aviso. Solo pretende turbar una especie de pensamiento único que nos ha entumecido.
Los hechos
El nuevo virus ha contagiado hasta este miércoles 18 a 200 mil personas, de las cuales 8 mil fallecieron por complicaciones de la enfermedad -respiratorias, renales, cardíacas, u otras infecciones-, según estimación de EFE sobre cifras oficiales. Es seguro que hay muchos más casos, no detectados por no haber requerido atención especial.
Las medidas en distintos países son muy distintas y cambiantes, pero en general se han orientado a restringir el contacto humano. El objetivo no es evitar que se contagie hasta un estimado de 70% de los habitantes del mundo. Se contagiarán. Se trata de que los casos graves puedan ser atendidos por la capacidad instalada de los centros de salud; que no nos enfermemos todos al mismo tiempo. Si no, muchos no recibirían atención por falta de camas, de respiradores, de personal, de insumos. Pero es solo ese plus de fallecimientos por saturación hospitalaria el que se está tratando de evitar; porque muchos de quienes reciben atención igual morirán.
Desde que se conocieron las primeras medidas de China, ellas recibieron críticas abundantes. En Occidente. Que China es antidemocrática, que sus medidas violan los derechos humanos, que su sistema de salud es insuficiente, que su información es turbia.  Lo cierto es que de a poco todos los países están terminando por adoptar medidas similares. Y, a medida de que el contagio se extiende a nuevos países, las voces críticas se han ido silenciando.
Ayer, en toda China se reportaron solo ocho casos nuevos; en Italia un pico de 479 muertos. Las estadísticas hay que tomarlas con pinzas. Son poco confiables porque muchos países solo registran casos positivos, no a quienes tienen síntomas leves y no consultan, mientras que otros países han aplicado tests al barrer. Tampoco se registran, por tanto, quienes se contagiaron hace pocos días.
No se sabe cuántos fallecerán al cabo del año ni mucho menos cuántos se están salvando de morir por esta semiparalización del mundo.  Pero este virus es muy poco letal. Cada año fallecen 14 mil estadounidenses por influenza. Una gripe común, pero que tanto allí como en Uruguay desborda cada año el número de camas en CTIs y el mundo sigue andando. Y hay muchos otras enfermedades infectocontagiosas letales; varias sin cura.
Hasta aquí, las medidas pueden seguir pareciendo justificadas. Cada fallecimiento es una tragedia. No hay que ser cínicos. De hecho, ya no circulan mensajes afirmando que no es razonable detener el mundo y cerrar países completos (o continentes, como decidió Europa ayer) por un resfriado o que esta peste le resulta útil a los gobiernos. Y Bolsonaro va quedando solo con la idea de que se trata de una conspiración china para comprarles la soja más barata.
Las contraindicaciones
Quizá sea necesario escarbar también en los efectos negativos. Para comenzar, parecen métodos de fuerza bruta, poco sofisticados para tener, en caso de éxito, apenas un resultado marginal. Usted, lector, tiene derecho a preguntarse qué tipo de medidas se van a tomar si se expande una variedad de ébola u otra enfermedad contagiosa de alta letalidad.
Hagamos un cálculo bruto. Si se detuviera efectivamente el mundo durante 15 días, el producto bruto del mundo descendería casi 4%. Ni se puede ni se pretende detener todo y parte de la producción se recuperaría, pero recordemos esta cifra.
Los economistas están calculando cuánto afectará la economía. Algunos dicen que esta crisis será mayor a la de 2001 pero menor que la de 2008. Es decir, algo enorme. De hecho, ya las bolsas están casi en caída libre y a muchas las cierran en cuanto abren. China cerró muchas fábricas y disminuyó sus exportaciones, que muchas veces son de productos intermedios que entran en cadenas en otro lado, lo que provoca cierres o disminución de la producción en lugares lejanos. Pero el motor de las bolsas ni siquiera es principalmente productivo, sino de confianza en las medidas adoptadas por las autoridades. Y atrás de ellas y de la caída de la demanda, se desplomó el precio del petróleo, cosa que puede ser buena para algunos.
Y las crisis matan mucha gente. Mucho más que 8 mil. Abundan los estudios que calculan, por ejemplo de Harvard, que solo en los países ricos de la OCDE la crisis de 2008 estuvo vinculada a 260.000 muertes por cáncer; y que un 1% de aumento en el desempleo de un país está asociado a 0,37 muertes adicionales por todos los tipos de cáncer. De The Lancet, que la misma crisis provocó 10.000 suicidios en Europa y los Estados Unidos. De De la OIT, que el desempleo provoca disminución de la vida por efectos a largo plazo. Hay estudios similares otras enfermedades, así como atlas detallados relacionando desempleo y tasas globales de enfermedad.
La pobreza mata; eso se sabe. Los pobres no sólo viven mal: mueren antes. Y las crisis provocan disrupciones generalizadas en la vida social de las personas, no sólo de los pobres. Cambios de trabajo, tensiones familiares, necesidad de mudarse con la consiguiente pérdida de vínculos; sensación de fracaso. Y no he encontrado estudios de los efectos de una quincena de aislamiento bajo efecto del terror. Supongo que algunos serán similares a los estrés postraumáticos o psicosis de guerra.
Porque se habla de guerra. Alarma viene de "al arma". Emmanuel Macron fue explícito: "Estamos en guerra", repitió. Pero no cualquiera sino con una que produce terror: "contra un enemigo invisible". Y llamó a la "movilización" general, que, claro, consiste en no movilizarse. Su gobierno y el Parlamento se centrarán en el "combate" a la epidemia. Y aquí se realizan cadenas informativas diarias para aumentar el terror y que la población se quede quieta, contando minucias y decenas de casos detectados, a falta de poder mostrar muertos.
Es cierto que ya había síntomas de que se podía aproximar una recesión y desde el año pasado algunos hablaban de "estancamiento sincronizado". Pero aún si la causa de la crisis no fuera el coronavirus, lo que deberían estar haciendo los gobiernos sería tomar medidas para aliviarla, no para profundizarla.
El miedo de tener la culpa
Ya no se oyen voces críticas, dijimos. Han sido sepultados por unos mensajes edulcorados llamando o festejando la solidaridad universal. Inesperados y hasta sospechosos a juzgar por algunos de sus emisores. Algunos hablan de una nueva era en que por fin la humanidad se dio cuenta y aprendió que todos debemos amarnos, que un científico debe ganar más que un futbolista, que se avizora una nueva sociedad del amor. Aunque los videos de mujeres a los golpes por el último rollo de papel higiénico nos permiten dudar.
Tenemos que volver, entonces a otra de las preguntas del inicio. Si fuera cierto que estas medidas matan mucha más gente que la que salvan, lo que tendrá que calcular un epidemiólogo, ¿por qué se toman? ¿Y, por qué reciben tanto apoyo?
Entiendo que el motor es la ansiedad. La urgencia de "hacer algo" para no tener la culpa. Por las dudas, mostrar que se está haciendo algo. No solo por parte de los gobernantes. La oposición tampoco quiere tener la culpa. Tampoco el organizador de un partido de lo que fuera, desde las copas europeas hasta el baby fútbol, desde la formula 1 al canotaje. Y los negocios y empresas tampoco. ¿Qué pueden hacer? Parar todo. Parece que eso es lo único que se puede hacer.
Hay otros ámbitos en los que se despierta la ansiedad de "hacer algo", o que al menos lo parezca. Esa misma lógica funciona en materia de seguridad. Si aparece algo nuevo en tapa, todos los legisladores a votar aumento de pena. Casi ninguno se anima a oponerse, porque podría parecer ponerse del lado de los copadores o lo que sea; de los malos. Como al tiempo vuelve a tapa, de nuevo se aumenta el castigo, hasta que se acerca a la pena por homicidio y pase a convenir matar a todos por las dudas. Luego, hacerlo excarcelable. Más adelante, cadena perpetua (zafamos por poco en octubre). ¿Luego, pena de muerte? ¿Cuánto falta para que hayan logrado hacerla una opción a considerar? ¿O acaso alguien se anima a afirmar que no hay que "hacer algo"?
En ambos temas, no se trata de que no haya que hacer nada. En seguridad parece claro que nada de ESO que se hace sirve más que marginalmente. Los delitos no disminuyen, pero se pone a la policía a pesetear a portadores de cara de pobre o se manda agentes a caballo a la Ciudad Vieja donde abundan las cámaras. Mucho remedio del siglo XIX en medio de tecnología del siglo XXI.
Si la cosa no mejora, solo falta volver a hacer algo; declarar estado de emergencia, mandar al Ejército a detener a quien ose pasear por la vereda. Siempre se puede subir la apuesta y así mostrar diligencia. Algún día, naturalmente el número de contagios disminuirá. Entonces habrá muchos para disputarse los laureles.
 

 

 

 

 

 

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