ESPECTÁCULOS Y DIVERSIONES DE ANTAÑO
Por el Ing. Ponciano S. Torrado

LAS CARRERAS DE CABALLOS

Las fiestas hípicas
Al terminar la Guerra Grande y vuelto el país a la normalidad institucional con la elección de Juan Francisco Giró para Presidente de la República, el pueblo volvió a sus diversiones.
Al mismo tiempo que las corridas de toros resurgían en el favor del pueblo, se iniciaba en Montevideo una corriente favorable a lo que entonces se conocía como "Carreras de caballos al estilo inglés".
Fue en la época en que se iniciaba la construcción de la Plaza de toros de la Unión, que se manifestó en interés por las carreras. Tal circunstancia despertó en un grupo de ciudadanos el deseo de fundar una sociedad por acciones con el propósito de organizar el juego de carreras inglesas en la cercana localidad de Maroñas.
Unos años después, en 1855, se inauguró la pista ante una concurrencia que superó as previsiones más optimistas.

Los medios de transporte
Como era costumbre impuesta por las fiestas taurinas cuyos aficionados salían en caravana desde la Plaza Independencia, los partidarios de las carreras utilizaban todo medio de transporte disponible, particularmente carros y caballos. Pocos eran los que utilizaban carruajes de alquiler.
No se conocían aún los transportes colectivos, por cuanto recién en 1888 se instalaron las primeras líneas de tranvías a tracción a sangre.
La tarifa que regía para trasladarse hasta el ruedo de la Unión o hasta el circo de Maroñas variaba des "seis vintenes en carros con toldo hasta cincuenta pesos por los carruajes de alquiler".
Para atender la alimentación de los concurrentes se organizaban convoyes de carros para transportar comestibles y bebidas que se vendían en puestos ubicados a la entrada del predio y a lo largo de la pista.
En la sección inaugural se cumplieron "cinco carreras inglesas". La entrada costaba !cuatro patacones por caballos"; los premios variaban entre "tres y seis onzas oro".
El entusiasmo que despertó el espectáculo y los que le siguieron influyó para que el número de aficionados a ese deporte aumentara a ritmo acelerado.
En 1860 se estimó la concurrencia en una seis mil personas a pese a lo "alejado del lugar" y a las dificultades de locomoción.

El apogeo de las carreras inglesas
Refiriéndose a ese acontecimiento "El Correo de Ultramar" en su edición de junio de 1861 decía lo siguiente:
"Según escriben con fecha 15 de junio desde Montevideo, esta ciudad tiene desde hace siete u ocho años carreras de caballos organizadas como las de Epson o de Chatilly. Los principios fueron trabajosos, pues hubo que combatir muchos usos en un país donde hasta entonces todas las carreras se habían hecho en pelo, en línea recta, sin ninguna señal de partida y sin limitación alguna en cuanto a peso".
La crónica hacía mención al Jockey Club, al que atribuía unos cien asociados. En lo referente a las actividades hípicas decía que "se habían efectuado las carreras bajo el auspicio del gobierno de la República Oriental, que ofreció un premio por ka carrera nacional, ganada por el caballo Pegaso, perteneciente al señor Bujarón. Consistía el premio en un magnífico servicio de té de plata maciza".
Llegamos así al año 1886, diez años después de inaugurada la pista. En ese año algunos ciudadanos, entre los que se contaban el General Francisco Caraballo y el doctor José Pedro Ramírez, constituyeron uan nueva sociedad para adquirir un predio de ciento cuarenta cuadras, cercano a la Unión, con el propósito de construir "un circo de carreras al estilo inglés" y adquirir "el palco y demás pertenencias de la Sociedad de las carreras extranjeras"!
Cumplidos los fines enunciados, se reanudaron las competencias hípicas con programas que comprendían, casi siempre, cinco carreras. Los premios variaban según su importancia, entre cincuenta y trescientos pesos.
En una crónica del diario La Tribuna se dijo que, en 1867, concurrieron a la reunión inaugural de la temporada de primavera unas siete mil personas que apostaron por valor de ochenta mil pesos.
Debe tenerse muy en cuenta esta cifra, por cuanto, en esa época, el país vivía las consecuencias de la guerra con el Paraguay y los efectos del cólera que diezmaba sus fuerzas.
Los caballos del General Caraballo y los del doctor Ramírez acaparaban las preferencias del público.
Se comentó que, tras una reunión celebrada poco después de concertada "la Paz de Abril" que puso fin a la guerra de Aparicio (1872), sólo lo apostado "a las patas de los dos caballos favoritos" alcanzó a cuarenta mil pesos!

Se reglamentan las carreras
Las preferencias del público por estas competencias llegó a preocupar a las autoridades, interesadas también en ello como simples aficionados a este deporte.
Por eso fue que, en 1877, en plena dictadura del Coronel Latorre, se dictaron las primeras reglamentaciones para las carreras de caballos.
Ente las disposiciones se preveía par los competidores la obligación de usar "traje de Jockey" y la pena de expulsión, en caso de comprobarse juego ilícito.
Los premios debían establecerse de acuerdo con la clase de caballos que intervinieran. A tal efecto en el programa se debía establecer si se trataba de "carreras para caballos criollos o mestizos o carrera de saltos".
Pero tiempo después la "Comisión de Carreras" que presidía Latorre, propició la realización de pruebas internacionales que, según refieren las crónicas, "llevaron al circo de Ituzaingó una enorme concurrencia", estimada en veinte mil personas. Eso sucedía en 1878 cuando José Pedro Varela luchaba por imponer la reforma de la enseñanza.

Iniciativa frustrada
Ese entusiasmo habría de despertar otras iniciativas.
Una fue la auspiciada en 1880 por el Coronel Manuel Aguirre para construir un nuevo circo hípico en Punta Carretas cuya concesión le había sido otorgada por la Junta Económico-Administrativa.
No llegó a concretarse en realidad. Solamente se realizaron algunas demostraciones hípicas a lo largo del "camino Somayúa -hoy Julio Herrera y Reissig-, al costado de lo que era el Parque del Pueblo adyacente al Parque Urbano.
La actual calle Julio Ma. Sosa se conocía como "Camino al Hipódromo".
Así fueron narrados sintéticamente los orígenes del Jockey Club, cuyas jornadas alcanzaron notable prestigio dentro y fuera de fronteras.
El alto nivel que ostenta el turf nacional, no sólo como deporte favorito sino también como fuente de trabajo para un esforzado gremio, le concede un sitial de preferencia en la afición deportiva nacional.

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