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:: CUCHILLO DE PALO :: 28.04.07 |
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La diplomacia puede más |
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Aureliano
Rodríguez Larreta |
“Majestad:
hace cuatrocientos años que os estamos esperando”. Con estas
palabras recibió el anciano presidente de la República Dominicana,
Joaquín Balaguer, al novel rey de España, Juan Carlos I,
al pisar éste por primera vez tierra americana, igual que Cristóbal
Colón, en la isla de Santo Domingo. En los treinta años
transcurridos desde entonces, muchas cosas han cambiado en América
y en España, pero sobre todo se ha visto a la Corona comprometida
con la suerte de Iberoamérica. De ello acaban de tener prueba palpable
el Uruguay y la Argentina, en las serranías de El Pardo, al noroeste
de Madrid.
Nadie daba un vintén,
ni en Montevideo ni en Buenos Aires, antes de la reunión que había
convocado el Rey, mediante los buenos oficios del embajador Juan Antonio
Yáñez-Barnuevo, representante permanente de España
ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU). El pesimismo
de muchos era comprensible, pero el escepticismo era de todos. Había,
y aún hay, motivos objetivos para abrigar esos sentimientos.
Por ejemplo, la convicción
de que el presidente argentino, Néstor Kirchner, no hará
ninguna concesión real en el tema de las pasteras antes de pasadas
las elecciones presidenciales de octubre en la Argentina. Y del lado oriental,
la intransigente pero necesaria negativa a negociar con los puentes cortados.
Sólo a modo de ejemplo, pues la situación presenta otras
rigideces aparentemente insalvables, como la ya imposible relocalización
de la planta de Botnia.
No obstante, sin
perjuicio y a despecho de tanto y tan fundado escepticismo, otra realidad
objetiva rompe los ojos en este irracional conflicto entre la Argentina
y el Uruguay, y ella es que la única solución posible está
y estará en un acuerdo bilateralmente negociado entre las partes.
Así lo ha aconsejado la mismísima Corte Internacional de
Justicia de La Haya, e igual exhortación surge de las entrelíneas
del laudo arbitral del Mercosur. Lo que no supone —y aquí
radica la clave del éxito de la gestión de la Corona—
ausencia de cooperación internacional, tanto en la materialización
del diálogo y la negociación como en la futura ejecución
del acuerdo sustantivo y final.
El rey Juan Carlos,
el gobierno español, el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel
Ángel Moratinos, y ese paciente, discreto e incansable profesional
que ha demostrado ser el embajador Yáñez-Barnuevo, supieron
tejer la red descongeladora en la que cayeron los delegados argentinos
y uruguayos. Y no eran técnicos sino responsables políticos.
Hay que creer que cayeron de buena fe, que se dejaron enredar a sabiendas
de que no tienen otra salida, y que la historia no les perdonaría
lo contrario.
El embajador Yáñez
—que además debió aceptar autodenominarse absurdamente
como “el facilitador”— fue arrancando de un lado y del
otro los sutiles cambios terminológicos que le permitieron instalar
un diálogo que se va a continuar a corto plazo, aunque un previsible
acuerdo pueda demandar hasta un año de conversaciones.
La Declaración
de Madrid expresa que el facilitador ha identificado las cuestiones sobre
las que versará el diálogo, y empieza por mencionar el proyecto
Orión (Botnia) “incluidas su localización y otras
cuestiones relevantes”. Primera gran concesión, esta vez
de Buenos Aires. Trascendió de fuentes argentinas que ya nadie
piensa que sea posible la “relocalización” de la planta,
aunque para la galería se mantenga el discurso radical. Por eso
el documento dice “localización”.
El siguiente punto
se refiere a las cuestiones relacionadas con la circulación por
las rutas y puentes, cuya sola inclusión significa que la delegación
argentina acepta que el tema es un obstáculo real para cualquier
solución de fondo al diferendo binacional. Segundo tanto uruguayo.
El tercero introduce
las cuestiones relacionadas con la aplicación del Estatuto del
Río Uruguay, lo cual es una baza argentina y encierra una implícita
admisión de error por parte de Uruguay. También trascendió
que la delegación uruguaya, dentro del clima de sinceramiento que
la reunión perseguía, reconoció que el país
omitió consultar a la Argentina antes de autorizar a Botnia su
instalación. Ello ocurrió, como se sabe, durante el gobierno
del presidente Jorge Batlle, pero el actual gobierno ha mantenido “el
tipo“ por exigencias de estilo.
Y el cuarto y último
punto mira hacia el futuro y hacia la única salida posible a la
crisis: protección ambiental de río Uruguay y desarrollo
sustentable de sus áreas de influencia. Aquí entra todo:
la propuesta uruguaya de monitoreo conjunto con la Argentina, una posible
participación internacional para garantizar ese control, y también
el conocido pero no oficializado plan español, concebido por el
señor Yáñez-Barnuevo, de instalar en la zona un sistema
ejemplar de protección ambiental y calidad habitacional, con cooperación
de organismos especializados de la ONU.
De este encuentro
en El Pardo han salido más cosas positivas que las que nadie podía
esperar antes de su realización. El mayor error hubiera sido no
creer en él y suspenderlo, a la vista de las razones objetivas
que presagiaban su fracaso o inutilidad.
Naturalmente, los
principales obstáculos aún están en pie, sobre todo
del lado argentino. Pasado octubre, la Casa Rosada buscará la forma
de aceptar que la instalación de Botnia es irreversible donde está.
La verá funcionar y verá sus efectos. Y también buscará
la forma de convencer a los asambleístas desocupados de Gualeguaychú,
de que, por el bien de la Argentina, es necesario liberar la circulación
por puentes y rutas. Y si no los convenciera, el nuevo gobierno tendrá
que asegurar de todas formas la libre circulación.
Y del lado uruguayo,
cabrá al gobierno reconocer su omisión inicial, y en un
clima de cooperación garantizar a la Argentina y a la comunidad
internacional que las inversiones en producción de celulosa y papel,
dentro de su territorio, son y serán las más respetuosas
de las máximas exigencias de salud ambiental.
Por encima de los
más justificados escepticismos, los buenos oficios auspiciados
por la Corona española están demostrando que siempre, en
el mundo internacional, la diplomacia puede más.
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