<%@LANGUAGE="JAVASCRIPT" CODEPAGE="1252"%> Los cachondos de Europa
:: CUCHILLO DE PALO :: 09.06.07
Los cachondos de Europa
Aureliano Rodríguez Larreta

Cuenta la pequeña historia que el duque de Wellington, mientras inspeccionaba a caballo sus tropas antes de comenzar la batalla de Waterloo —que marcaría la derrota final de Napoleón Bonaparte a manos de los ingleses—, detuvo un instante su mirada sobre el regimiento irlandés, y comentó a uno de sus ayudantes: “Yo no sé qué efecto producirán estos hombres sobre el enemigo, pero por cierto que a mí me asustan”.

Un irlandés de 2007, al repasar la historia de su país, podrá recordar que un día llegaron los ingleses y se quedaron mil años, pero de inmediato dirá: “Está bien, nos gustan los turistas”. La vida de la República de Irlanda está hondamente intrincada en los acontecimientos históricos de las islas británicas y en la sociedad norteamericana, y así siguen viviendo los irlandeses, sin mella de su orgullo nacional.

Un siglo después de impresionar a Wellington los irlandeses decidieron librarse de los “turistas” milenarios, y tras una dura guerra de independencia fundaron su república, céltica y católica, hablando gaélico sin dejar por ello de brillar en el idioma inglés. Nada menos que cuatro premios Nobel de literatura, concedidos a escritores en lengua inglesa, han sido irlandeses: James Joyce, G.B. Shaw, W.B. Yeats y Samuel Beckett. Sin olvidar a Thomas Moore, Jonathan Swift, J.M. Synge, Oscar Wilde, Patrick Kavanagh, Sean O’Casey, Brendan Behan e incluso Bram Stoker.

A pesar de tanta riqueza cultural —que hunde sus raíces más primitivas en los pétreos túmulos mortuorios célticos y en las escrituras del Libro de Kells—, Irlanda fue durante siglos uno de los países más pobres de Europa. Un acontecimiento que marcó su historia, y que marca hasta hoy el relato de los irlandeses, es la terrible hambruna que sufrió el país en los primeros años del siglo XX. Entre muertos y emigrantes, la población cayó de nueve millones a tres millones de habitantes. Hoy en día pueblan su territorio cuatro millones y medio de personas, mientras que en los Estados Unidos de América los descendientes de irlandeses se calculan en 40 millones.

En los años sesenta y setenta, una generación de irlandeses con clara conciencia del carácter intrínsecamente europeo de su historia y de su cultura comenzó la marcha intelectual y política en favor de la entrada de las islas británicas en la entonces Comunidad Económica Europea (CEE). No pocos irlandeses hicieron campaña por la adhesión de Gran Bretaña, convencidos de que si Londres entraba, Dublín entraría al mismo tiempo, como así ocurrió.

Los 35 años transcurridos desde entonces han dado por resultado esta nueva Irlanda, puesta de pie sobre su pasado en una combinación perfecta de historia y modernidad. Con la ayuda de los fondos estructurales y de los fondos de cohesión de la CEE —hoy la Unión Europea (UE)—, en Irlanda no queda hoy un solo camino rural sin asfaltar. Con un éxito conocido y renombrado en su opción por las industrias de alta tecnología y los servicios, el país continúa exhibiendo una economía rural fuertemente mantenida y una producción pesquera cada vez más desarrollada. Los irlandeses siguen siendo un pequeño país de Europa, pero lo han transformado en un país de primera fila por su calidad de vida.

La capital, Dublín, con un millón y medio de habitantes, se da el lujo de no tener un solo rascacielos y tampoco altos edificios de apartamentos u oficinas. Y así, el resto de Irlanda. Los dublinenses han tenido el cuidado cultural de mantener su característica arquitectura del período “georgiano” en Gran Bretaña, convenientemente puesta al día en el confort interior de las casas. Por todas partes se encuentran en Irlanda trabajadores jóvenes de cualquier extremo de la UE, desde España hasta Polonia. Por no hablar de los emigrantes de Africa y América Latina.

Atravesar Irlanda de Este a Oeste, o incursionar hacia el Norte y hacia el Sur, permite comprobar la fuerte estructuración cultural del pueblo irlandés, así como la espectacularidad de sus cambiantes paisajes, que han sido escenario de numerosas y famosas realizaciones cinematográficas. Durante décadas, el gobierno ha incentivado financieramente la localización de esas producciones en su territorio, con resultados altamente positivos para la economía, el turismo y la proyección internacional del país.

Lo que Wellington tal vez nunca imaginó, es que aquellos fieros combatientes irlandeses pudieran ser en su tierra un pueblo tan alegre, simpático, bromista y juerguista, sin pudor ni ocultación. La sonrisa no se cae de sus rostros, sus pubs son los más barullentos a cualquier hora del día, y los taxistas acostumbran gastar bromas con sus pasajeros e incluso con cualquier colega que se coloque a su lado en el tráfico. A falta de más extensa comprobación, los irlandeses pueden ostentar hoy el título de los cachondos de Europa.

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