<%@LANGUAGE="JAVASCRIPT" CODEPAGE="1252"%> Vázquez y los presidenciables, al pie del Monumento
:: CUCHILLO DE PALO :: 23.06.07
Vázquez y los presidenciables, al pie del Monumento
Aureliano Rodríguez Larreta

El día del Nunca Más se materializó finalmente en un acto simbólico y silencioso de unidad nacional al pie del monumento a José Artigas. El lunes 4, en el momento mismo en que el presidente de la República, Tabaré Vázquez, invitaba a todos los uruguayos a celebrar con él esa ceremonia, también les comunicaba su decisión de rechazar toda idea de buscar la reelección.

Cumplido el acto el 19 de junio, un analista político comentó con sagacidad: “El futuro presidente de la República estaba en la Plaza Independencia”. Y todos sabemos que no se refería al señor Vázquez. Ésa es una buena clave para interpretar, no el acto en sí mismo, sino la concurrencia. Y específicamente, la presencia de líderes políticos. Estaban todos los presidenciables y faltaban los ex presidentes. Concurrió la generación de recambio y se ausentaron los dinosaurios. Se unieron al sentido reconciliador del Nunca Más quienes se ven a sí mismos como renovadores del Partido Nacional y del Partido Colorado. Y también quienes dentro del Frente Amplio sostienen al gobierno y aspiran a la sucesión presidencial.

También los actos del mismo día en el solar del Sauce fueron de integración nacional, pero en la Plaza Independencia se concentraba un interés político especial. Hubo muchos que encontraron su lugar en la plaza por el solo hecho de saber quiénes se negaban a concurrir, desde ambos extremos del espectro político. Ni Daniel García Pintos ni Jorge Zabalza. Ni el Centro Militar ni los Fogoneros. Esos dos ultraísmos continúan necesitándose.

Entonces se abrió el ancho cauce por donde debían entrar, y entraron, todos aquellos que están decididos a formar la gran masa popular, democrática, pacífica, reconciliada y trabajadora, del Uruguay del siglo XXI. Y los políticos allí presentes, todos compitiendo por ocupar el “centro”, no de la plaza, sino de ese espacio ideológico tan apetecido que les permitirá reconocerse como alternativas de derecha o de izquierda.

Entre los asistentes se encontraban asimismo las Fuerzas Armadas en pleno. Estaba sobreentendido que el “nunca más” incluía tanto a la insurrección política armada y terrorista, como al golpismo militar y el terrorismo de Estado. Aunque no fue desmentida la existencia de una orden verbal del mando superior, debidamente transmitida, y mediando un acuerdo entre los comandantes en jefe, el hecho es que allí estaban, y ese hecho positivo no puede ser ignorado ni disminuido en su importancia. Borra, en parte, la mala impresión que dejó el discurso del teniente general Rosales el 18 de mayo, y compromete a las Fuerzas a una mayor y veraz colaboración en el tema de los derechos humanos.

El presidente Vázquez “se la jugó”, y le salió bien. Muchos habrán ido sólo para apoyarle, para acompañarle, incondicionalmente. Pero en esta ocasión el convocante tenía un interés distinto, de otra índole, y superior. No alentaba un interés meramente político y partidario —con todo el sentido sectorial y sectario que estos términos tienen—, sino aquél que se vincula con el sentido del Estado y, aun más, de la Nación. Viene revelándose como característica de su personalidad de gobernante, el ensayar primero iniciativas con las que tropieza, para sólo después encontrar el camino correcto. Sabe rectificar, y eso le permitió contar con la oposición a su lado, en un acto que supo convertir en institucional.


LA LEY DE CADUCIDAD EN EL OCASO

No puede decirse que con esto queda culminada ni finalizada la política de investigación, reparación y justicia en materia de derechos humanos que el presidente Vázquez ha conducido —dentro del difícil marco de la ley de caducidad—, con la comprensión y el apoyo de la mayor parte de la oposición. La ausencia, en el acto de la Plaza Independencia, de las asociaciones de familiares de desaparecidos y otras organizaciones defensoras de los derechos humanos, debe ser comprendida y respetada en atención a los escasos resultados obtenidos hasta el momento en la averiguación de la verdad que el actual Poder Ejecutivo impulsó. Ésa es, pese a todo, una materia pendiente todavía.

El presidente Vázquez podría fundamentar y hacer comprender a la oposición que las investigaciones cometidas al Poder Ejecutivo en el artículo 4º de la ley de caducidad han sido cumplidas hasta sus extremos más razonables. Y que, en consecuencia, a partir de este momento deberá corresponder a la libre actividad de la Justicia ordinaria el cometido de continuar investigando los hechos y situaciones que ya tenga bajo su jurisdicción o que le sean denunciados en el futuro.

No tendría ningún sentido que el Poder Ejecutivo continuara exceptuando casos, uno a uno, del alcance de esta ley, de forma indefinida. Menos sentido tendría que los jueces siguieran sometidos al trámite de la consulta al Ejecutivo cada vez que debieran asumir jurisdicción en estas materias.

De aceptarse este criterio, el acto jurídico obligado e inmediato debería ser la derogación lisa y llana de la ley de caducidad. No su anulación: en primer lugar, porque ello no aconteció, por referéndum, dentro del plazo en que la Constitución lo permite; y en segundo término, porque una hipotética anulación tendría efectos retroactivos y causaría una grave alteración al Estado de Derecho.

Tantos años después, y bajo nuevas circunstancias, el Parlamento continúa teniendo plenas facultades para derogar esta ley que viola fundamentos constitucionales del sistema republicano y democrático, tales como la separación e independencia de los Poderes y la igualdad de todos ante la ley. En particular, por tratarse de una ley que ha recortado durante un largo tiempo el derecho de los jueces a ejercer libremente su jurisdicción. El derecho positivo uruguayo no se merece la vergüenza de mantener en su digesto una ley que ha sometido la facultad jurisdiccional a la voluntad del Poder Ejecutivo y que ha creado un fuero de inmunidad e impunidad para determinados funcionarios.

Una vez derogada la ley, y a partir de ese instante, se restablecería el total imperio de la Constitución y quedaría abierto el camino de la investigación judicial sin otros límites que los del derecho vigente. Ése sería, en efecto, un resultado concreto y palpable del espíritu de reconciliación vivido el día del Nunca Más.

El ex presidente Julio María Sanguinetti, al no concurrir al acto de la Plaza Independencia, ha preferido continuar atado a los condicionamientos militares que debió aceptar durante su primer mandato y que llevaron a la negociación de la ley de caducidad. Al adoptar esta actitud, tal vez no haya percibido que le han salido ojos en la nuca.

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