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:: CUCHILLO DE PALO :: 22.09.07 |
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Pluna, el Tribunal y el cambio político |
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Aureliano
Rodríguez Larreta |
La educación sigue
enredada en la polémica interpartidaria, lo mismo que la salud,
la política exterior o la reforma tributaria. Y ahora, la línea
aérea de bandera nacional. El propio Tribunal de Cuentas, con motivo
de este último asunto, es presa de la lucha entre partidos, a tal
punto que su renovación —junto con la Corte Electoral—
ha vuelto a quedar encallada porque el gobierno y la oposición
de nuevo se han “topado”, esta vez por las observaciones del
Tribunal al contrato de asociación de Pluna. Los temas de mayor
gravedad, como éste, no consiguen encontrar el ambiente de objetividad
que les permita ser tratados por encima de la pequeñez electorera
que ya domina a los actores políticos.
La Constitución quiere
que exista y funcione un Tribunal de Cuentas de su propia creación,
que tenga el más alto nivel institucional. Un órgano responsable
solamente ante la Asamblea General, que deberá integrarlo. A sus
siete miembros le alcanzan las mismas incompatibilidades que el texto
constitucional establece para los senadores y representantes. Se podría
pensar, en una primera mirada, que el constituyente ha querido crear una
institución independiente del poder político, con la misión
de controlar las cuentas de la Nación.
Sin embargo, ello no es así.
De inmediato se cuela en la Constitución el condicionamiento político,
al disponerse que los miembros del Tribunal de Cuentas cesarán
(o serán reelectos) cuando la Asamblea General que sustituya a
la que los designó “efectúe los nombramientos para
el nuevo período”. Y puesto que esto requiere el voto conforme
de dos tercios del total de componentes de la Asamblea General, la renovación
del Tribunal demanda siempre un pacto político que contemple, por
lo menos, a los dos partidos mayores. Un compuesto entre gobierno y oposición,
en línea con la tradicional coparticipación.
Esta es la gran encerrona
en la que está metido el sistema político uruguayo desde
las reformas constitucionales de 1967 y 1996. Tanto en el Tribunal de
Cuentas como en la Corte Electoral y en el Banco Central, en lugar de
abrir camino a la independencia —que permite la continuidad institucional
y funcional por encima de los cambios que puedan operarse en el poder
político—, se prefirió mantener la ligazón
directa de estos órganos con la representación de los partidos
en el Parlamento para cada legislatura y, por ende, con cada gobierno.
Miopía es lo menos
que podrían padecer en su visión de políticos, los
dirigentes de la época y sus asesores. El Tribunal de Cuentas que
hoy está en medio del conflicto fue integrado en 1995, al comenzar
el penúltimo gobierno del Partido Colorado, y hasta hoy no ha podido
ser renovado por demostrarse casi imposible la obtención de un
acuerdo interpartidario que permitiera cumplir con lo que prevé
la Constitución. Lo mismo ha ocurrido con la Corte Electoral. No
se consiguió pactar bajo la presidencia de Jorge Batlle (2000-2005),
y lo mismo está ocurriendo ahora. La Constitución quiso
cerrar los ojos al cambio político que ya era inminente, y el resultado
está a la vista.
El Partido Colorado y el Partido
Nacional están atrincherados en lo que les queda del pasado, los
llamados “órganos de contralor”. Y éstos, por
la fuerza de las cosas, se alejan aún más de su soñada
independencia para actuar bajo condicionamientos políticos. En
reacción, también el gobierno se comporta con intencionalidad
política al no soportar, por ejemplo, la observación del
Tribunal de Cuentas al negocio de Pluna.
Es de lamentar que esta extrema
politización de un tema tan importante para el país permita
dudar incluso de la juridicidad con que ha actuado el Tribunal de Cuentas.
Un experto abogado ha señalado, prima facie, que el órgano
podría haberse excedido en sus competencias, mientras que otro
no ha querido pronunciarse antes de hacer un estudio acabado de una cuestión
que se presenta jurídicamente muy compleja.
Parece llegada la hora de
reclamar un espacio de discusión donde los aspectos involucrados
en este asunto puedan ser objetivados y resueltos con arreglo al interés
general, dejando fuera las animosidades partidarias.
Y hecho eso, rompe los ojos
la necesidad de reformar la Constitución para colocar al Tribunal
de Cuentas en el nivel de independencia que sus cometidos y competencias
requieren. Desligar su integración de las mayorías que prevalezcan
en la Asamblea General, despolitizando la selección de sus miembros.
Extender su mandato a siete u ocho años, para que no coincida con
las legislaturas. Y dar mayor fuerza ejecutiva a sus dictámenes
y observaciones. Una tarea para expertos, no para políticos apasionados.
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