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:: CUCHILLO DE PALO :: 01.12.08 |
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Argentina-Brasil, el G-2 del Mercosur |
| Aureliano
Rodríguez Larreta
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Al salir de su reciente reunión
con el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, la presidenta
electa de Argentina, Cristina Fernández, hizo saber que ambos han
acordado crear un mecanismo bilateral para “dirigir” el Mercado
Común del Sur (Mercosur). La decisión será comunicada
oficialmente en la próxima reunión del Consejo del Mercado
Común (CMC) y cumbre presidencial, que tendrá lugar en Montevideo
en diciembre, algunos días después de asumir su cargo la
nueva mandataria argentina.
Tal vez hacía falta
el encantador desparpajo de una mujer para arrojar tamaña sentencia
sobre las ya frágiles instituciones del Mercosur y sus atónitos
socios menores. Tal vez sea necesario colocar sobre el dintel del Edificio
Mercosur —seguramente nostálgico de sus épocas de
gloria como Parque Hotel—, la advertencia del Dante a las puertas
del Infierno: “Voi chi entrate, lasciate ogni speranza”.
El bilateralismo afloró
en el Mercosur con el cambio de siglo, aunque es hijo del unilateralismo
brasileño, que prontamente logró la bendición argentina.
Y ambos son nietos, naturalmente, del entendimiento Buenos Aires-Brasilia,
que para admiración y sorpresa de la región se produjo en
la segunda mitad de los años 80. Así nació el Mercosur
en 1991, y tal vez habrá que preguntarle al presidente Lacalle
—como se reiteraba en aquel filme “Splendor” de Ettore
Scola (Italia, 1990) con Marcello Mastroianni— “el dónde,
el cuándo, el cómo y el porqué”.
Fue en noviembre de 1997 —cuando
la crisis y la especulación financiera “globalizada”
habían saltado ya desde México hacia Rusia, hacia el sudeste
asiático y finalmente hacia Brasil— que el gobierno brasileño
presidido por Fernando Henrique Cardoso negoció con el argentino
de Carlos Menem y logró su apoyo para la primera medida política
que fue “impuesta” al Mercosur. El día 14 de ese mes,
la Reunión de Ministros de Economía y Presidentes de Bancos
Centrales “autorizó” a los países miembros a
incrementar en 3% sus respectivos aranceles aduaneros, por un período
transitorio de tres años.
El acuerdo fue convertido
en decisión del CMC y refrendado en la cumbre presidencial que
se realizó en Montevideo el 15 de diciembre de 1997. Esa imposición
unilateral, y finalmente bilateral, no sólo inauguró esa
línea de actuación de los países mayores en el Mercosur,
sino que además fue la primera manipulación política
efectuada sobre la estructura de la unión aduanera. Más
tarde vendrían otras, tal vez peores, en las que hubo reparto para
todos, incluso para Uruguay.
La de 1997 fue, no obstante,
la que más ruido provocó, sin duda por ser la primera. En
entrevista con este periodista, el ex ministro de Relaciones Exteriores
y diplomatico uruguayo Héctor Gros Espiell expresó lo siguiente:
“Es por
eso que yo asigno una honda gravedad a esta última crisis del arancel
externo, con las derivaciones que ha tenido como consecuencia de las medidas
brasileñas. No tanto por el tres por ciento, o por la ruptura del
arancel externo común, sino porque pone en cuestión el funcionamiento
multilateral del sistema. Si se abre la puerta a que un Estado miembro
pueda tomar medidas que el Tratado atribuye a la totalidad de los Estados
miembros actuando a través de los órganos creados por el
mismo Tratado, éste sufre una herida profunda, grave y de consecuencias
muy serias. (...) Lo grave es que se abra un camino por el cual se puedan
tomar decisiones unilaterales, que se impongan como hecho consumado a
los demás.” (El País, Montevideo, p.15, 05.12.97).
En enero de 1999, como la
población uruguaya seguramente recordará mejor, se produjo
la devaluación del real en Brasil. Esta medida interna de la economía
brasileña —sin duda adoptada en un acto indiscutible de soberanía
y por carencia institucional del Mercosur—, tuvo en cambio hondas,
negativas y prolongadas consecuencias económicas sobre los países
miembros del bloque subregional. Y volvió a levantar polvaredas
políticas.
Nuevamente, el unilateralismo.
El entonces ministro de Relaciones Exteriores de Uruguay, Didier Opertti,
entrevistado también por este periodista, manifestó:
“El Mercosur
debe mantener su identidad como asociación que responde a decisiones
institucionales y no a decisiones unilaterales; que busca el beneficio
de los cuatro socios y de ninguna manera el beneficio de uno en detrimento
de otro.” (El País, Montevideo, p.9, 01.02.99).
A partir del año 2000
—y pese a los cortocircuitos provocados con Brasilia por las medidas
que adoptó Buenos Aires cuando la economía argentina se
hallaba a las puertas de su enorme crisis de 2001— el Mercosur ha
sido el escenario de una creciente bilateralidad argentino-brasileña
en la conducción de los asuntos del bloque, la mayor parte de las
veces en contradicción con los principios que debieran presidir
el proceso de creación de un auténtico mercado común.
Los puntos más altos
de esa conducta bilateral y contraria al libre comercio han sido el comercio
administrado en sectores como la industria automotriz, y más recientemente
la creación del sistema llamado Mecanismo de Adecuación
Competitiva, que no significa otra cosa que la legitimación de
medidas de salvaguardia unilaterales sobre las corrientes comerciales
en un mercado teóricamente abierto.
El último capítulo
del bilateralismo, que a veces es explícito pero que en la peor
de sus versiones es implícito y silencioso, es el que ha tenido
que soportar Uruguay con motivo de las inversiones extranjeras en el sector
forestal-maderero-celulósico-papelero.
El déficit institucional
del Mercosur quedó al desnudo cuando el laudo arbitral que condenó
los cortes de puentes y rutas que son tolerados por parte del Estado argentino,
se convirtió en papel mojado. Pero mucho antes que el conflicto
por la planta de Botnia se hubiera podido producir, ese déficit
se manifestó en la falta de normas comunes, al interior de bloque,
destinadas orientar de forma equitativa las inversiones en un sector donde
existen intereses altamente competitivos y donde además se asocian
cuestiones sensibles como el cuidado del medio ambiente.
Es en ese contexto que se
espera ahora —nuevamente en una cumbre del Mercosur que se debe
realizar en Montevideo, como hace diez años, en diciembre de 1997,
cuando se autorizó elevar el arancel—, un anuncio tan esperanzador
como la creación de un “directorio” bilateral.
Ese “directorio”
de facto, pretende constituirse como un cuerpo ajeno a los Tratados, donde
delegaciones ministeriales argentinas y brasileñas, encabezadas
por las propias figuras presidenciales, dos veces por año decidirán
lo que ha de hacerse y lo que no ha de hacerse en el Mercosur. Una especie
de Grupo de los Siete (G-7) de las naciones más desarrolladas del
mundo (o G-8, con Rusia), sólo que en este caso se tratará
de un enano G-2 sureño, que apenas podrá aspirar a mandar
en la chacra.
Tal vez hacía falta
el encantador desparpajo de una mujer para arrojar tamaña sentencia
sobre las ya frágiles instituciones del Mercosur. Tal vez sea necesario
recordar la advertencia del Dante a las puertas del Infierno: “Voi
chi entrate, lasciate ogni speranza”.
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