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:: CUCHILLO DE PALO :: 23.02.08 |
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Divergencia y desconfianza en América del Sur |
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Aureliano
Rodríguez Larreta |
La Comunidad Andina
de Naciones (CAN), que históricamente ha debido su caracterización
geográfica y cultural a la presencia de Bolivia, Colombia, Ecuador,
Perú y Venezuela —décadas atrás se apartó
de ella Chile, después de haber sido país fundador del Pacto
Andino—, debió asimilar el retiro de Venezuela en 2006, cuando
el gobierno del presidente Hugo Chávez solicitó el ingreso
de este país al Mercosur, una acción de perfil político
que aún no se ha hecho efectiva.
Entre los cuatro miembros restantes de la CAN, las estrategias político-institucionales,
económicas y de política exterior que están llevando
a cabo los gobiernos presididos por Evo Morales en Bolivia y por Rafael
Correa en Ecuador —éste con matices interesantes de independencia—
colocan a estos países en radical divergencia con Colombia y Perú,
y amenazan seriamente, tanto el normal funcionamiento político
interno de la Comunidad como sus relaciones externas.
Por otra parte, en virtud de una red de tratados de libre comercio y de
coordinación política, todos estos países, incluido
Chile, tienen el estatuto de “Estados asociados” al Mercosur
(no gozan de los derechos de un miembro pleno ni participan en la toma
de decisiones), en tanto que Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, más
Chile, son objeto de igual tratamiento en la CAN.
Sin que pueda ser desconocido el debilitamiento político que está
sufriendo la CAN, tal vez sea el Mercosur el proyecto subregional de integración
que se encuentre ante la crisis institucional y de identidad más
profunda, enfrentado de forma preocupante a una ya notoria dispersión
estratégica y colocado ante el peligro de una real fragmentación.
La magnitud de poder económico y político que se expresa
en la composición del Mercosur marca la diferencia en cualquier
esfuerzo por comprender lo que está ocurriendo en América
del Sur y vislumbrar el futuro de la región. Este factor es tan
insoslayable como lo son los ingredientes de política internacional
y de estrategia para el desarrollo que en el primer septenio del siglo
XXI se han incrustado en el bloque sureño como disolventes de la
unidad del conjunto.
Por si el Mercosur no tuviera motivos propios para enfrentar su más
honda crisis política e institucional tras 17 años de existencia,
los elementos dispersivos que ahora recorren su tejido interno podrían
condensarse en dos palabras: energía y Chávez. O, si se
prefiere, Chávez y energía.
Al hilo de estos dos conceptos podría ensayarse una vez más
la descripción de las actuales relaciones suramericanas y panamericanas
siguiendo el ritmo de esa danza de intereses que hace mover de maneras
tan diferenciadas a los personalísimos y personalistas líderes
de la región.
Una danza en la que entran primeramente el petróleo venezolano
y en seguida el gasoducto del Sur; luego los petrodólares, que
ora se desparraman país por país, ora se concentran en el
recién creado Banco del Sur, con notorias ausencias. Sin respetar
las usuales etapas previas, Hugo Chávez pacta con el presidente
de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, una precipitada solicitud
de adhesión de Venezuela al Mercosur, y poco después consigue
cambiar el nombre y el tono de la proyectada Comunidad Suramericana de
Naciones, de inspiración brasileña, por el más político
de Unión de Naciones Suramericanas (Unasur).
En la política petrolera, el señor Chávez se enfrenta,
aunque sin levantar la voz, con el presidente Lula, cuyo proyecto energético
alternativo sigue siendo la producción de etanol de caña
junto con Estados Unidos de América, pese a haber alcanzado Brasil,
en 2007, la autosuficiencia en hidrocarburos, con potencialidad para convertirse
dentro de pocos años en país exportador de petróleo.
En el camino hacia el sur, el proyecto venezolano se entrecruza con el
gas boliviano, que el presidente Morales se empeña en vender a
un precio justo al tiempo que nacionaliza los recursos del subsuelo y
obliga a la brasileña Petrobrás, con fuerte inversión
en Bolivia, a producir para el Estado boliviano, tal como lo hace en Brasil.
Con el aumento extraordinario del precio del crudo en 2007, el protagonismo
de Hugo Chávez hacia el exterior tomó mayor impulso, acentuándose
esa política internacional “antiimperialista”, cada
vez más agresivamente verbalizada y reiteradamente enfrentada con
Estados Unidos en todos los escenarios posibles.
En ese sentido se orienta cada una de sus intervenciones en América
del Sur, Centroamérica y el Caribe, y de forma más notoria
cuando sale al resto del mundo para estrechar relaciones con Irán
en materia de petróleo y energía nuclear, o con Rusia para
modernizar las fuerzas armadas venezolanas. Esta radicalización
tiende a alejar a Venezuela del Mercosur, donde su solicitud de adhesión,
detenida en los Parlamentos de Brasil y Paraguay, encuentra creciente
resistencia.
La preocupación general por la energía registró un
avance en el marco de la Comunidad Suramericana de Naciones, cuando los
jefes de Estado y de Gobierno de los doce países del continente
—a los diez iberoamericanos se suman Guyana y Surinam— aprobaron
en la Isla de Margarita (Venezuela), el 17 de abril de 2007, la llamada
“Declaración de Margarita. Construyendo la Integración
Energética del Sur”.
Junto al desarrollo de los principios rectores de la integración
energética continental, que habrán de concretarse en una
futura Estrategia Energética Suramericana, un Plan de Acción
y un Tratado Energético de Suramérica —todo lo cual
debería aprobarse en la III Cumbre Suramericana de Naciones, por
el momento sin fecha—, la Declaración de Margarita consigna
el siguiente acuerdo:
“EXPRESAR
su reconocimiento a las iniciativas tomadas por distintos países
para incrementar la cooperación y la coordinación de sus
esfuerzos de
energía tales como PETROSUR, PETROANDINA, PETROAMERICA, Petrolera
del Cono Sur y otras iniciativas.”
Éstas son
las organizaciones petroleras que sirven de base, instrumento y vehículo
a la política de Hugo Chávez en América del Sur,
a las que acaba de agregar PETROCARIBE. Y ésa es la política
que, teñida del usual desborde verbal como forma de expresar lo
que podría ser definido como un “neo-antiimperialismo”
populista, es vista con desconfianza en el Mercosur.
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