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:: CUCHILLO DE PALO :: 01.03.08 |
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Unasur ante la discordia estratégica |
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Aureliano
Rodríguez Larreta |
Fue del núcleo del
Mercosur que nació —el 1º de septiembre de 2000 y por
iniciativa de Brasil durante el segundo mandato del presidente Fernando
Henrique Cardoso— un ambicioso proyecto de integración de
infraestructuras físicas en América del Sur (Comunicado
de Brasilia).
Posteriormente los gobiernos avanzaron hacia un bosquejo de institucionalización,
en la reunión cimera que tuvo lugar el 9 de diciembre de 2004 en
la ciudad peruana de Cuzco. Allí el sistema proyectado pasó
a llamarse Comunidad Suramericana de Naciones (Declaración de Cuzco).
El documento fue firmado por los mandatarios de Argentina, Bolivia, Brasil,
Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay
y Venezuela
Al tomar mayor impulso la actividad internacional del presidente de Venezuela,
Hugo Chávez —quien en toda instancia busca colocar por delante
las eventuales dimensiones políticas de proyectos que estrictamente
se vinculan con la integración y el desarrollo—, en la cumbre
presidencial celebrada en la isla venezolana de Margarita (Declaración
de Margarita, 17 de abril de 2007) quedó adoptado el nombre de
Unión de Naciones Suramericanas (Unasur). No obstante, a partir
de ese momento se ahondaron también las dificultades que los doce
gobiernos encuentran para redactar el acuerdo constitutivo de la proyectada
Unión.
La tercera cumbre de Unasur, que estaba convocada para reunirse en la
ciudad colombiana de Cartagena de Indias en enero de este año,
debió ser postergada por hallarse aún muy alejadas las posiciones
de los diversos países en relación con el futuro tratado,
que de hacerse realidad establecería la naturaleza, el alcance
y la estructura institucional del bloque continental en gestación.
Finalmente se ha anunciado que la cumbre de Cartagena tendrá lugar
los días 28 y 29 de marzo. Sin embargo, no son favorables los augurios
que rodearán a esta reunión presidencial. Además
de las dificultades que plantea el proyecto de tratado constitutivo, los
países han tomado nota de la falta de acuerdo entre Argentina,
Bolivia y Brasil en la cuestión del gas, a lo que se suma la posible
renuncia del secretario general de Unasur, Rodrigo Borja, por discrepancias
con el borrador del tratado en cuestión.
En las actuales circunstancias, este proyecto circula a contramano del
factor político, cuyas motivaciones pesan, hoy más que nunca,
en el sentido de provocar una discordia estratégica en las relaciones
suramericanas.
En lugar de la postergada reunión de nivel presidencial, el 27
de enero se encontraron en Cartagena de Indias los ministros de Relaciones
Exteriores de únicamente ocho de los doce países suramericanos,
a fin de destrabar en lo posible la negociación del tratado constitutivo
de Unasur. Resultó notoria la deserción de los ministros
de Brasil, Paraguay y Surinam, países que rebajaron el nivel de
su delegación, y la ausencia de Guyana.
Estos atascos diplomáticos son atribuidos con frecuencia a crisis
bilaterales que afectan a las relaciones entre algunos países.
Los casos más citados son el antiguo litigio de límites
marítimos entre Chile y Perú, la tensión política
entre Colombia y Venezuela, la centenaria reclamación de Bolivia
a Chile por una salida al mar, e incluso el actual conflicto entre Argentina
y Uruguay por la instalación de una fábrica de celulosa
en la costa uruguaya del río limítrofe.
No obstante, no parecen ser esas cuestiones bilaterales las que actualmente
paralizan los procesos de integración en América del Sur,
enrarecen las relaciones entre los Estados y siembran el desconcierto
sobre el futuro de la región.
Como suele decirse en estos tiempos, los gobiernos y las diplomacias,
cuando coinciden en objetivos comunes de largo alcance, “encapsulan”
aquellos diferendos particulares para no obstaculizar la construcción
de proyectos colectivos. Lo que no pueden aislar son las diferencias ideológicas
y estratégicas, que por añadidura se presentan henchidas
de poderosos intereses. Esto último es lo que ha invadido, como
un vendaval político, el continente meridional americano en los
primeros años del siglo XXI.
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