:: CUCHILLO DE PALO :: 08.03.08
Gonzalo Fernández, un tipo con suerte
Aureliano Rodríguez Larreta

El pre-candidato presidencial nacionalista Jorge Larrañaga —también conocido por su ancestral afición a los “pingos”— pudo haberle dicho este miércoles al nuevo ministro de Relaciones Exteriores: “Gonzalo, vení a Maroñas conmigo el domingo y no te me separes de la primera a la última”. Al ministro, que asumió su cargo el lunes 3, le había sucedido lo mejor que podía sucederle, a él personalmente, y por ende, a la maltrecha política exterior uruguaya: el sábado anterior había hecho explosión la tensión por largo tiempo contenida en los Andes, con grave peligro para la paz continental.
Cabía esperar que el abogado Gonzalo Fernández —aquél que ayer nomás decía el verbo de secretario de la Presidencia de la República y que todavía no había abierto la boca sobre lo que se proponía hacer al frente de la Cancillería— se sometiera durante un par de semanas a las usuales comparecencias en el Parlamento, a las reuniones con los curiosos y siempre imprevisibles legisladores del Frente Amplio, a las incisivas preguntas de bancadas opositoras ganadas por el escepticismo, y también a las obligadas reuniones de prensa, entrevistas inquisidoras y demás ritos de la información política.
Los temas por los que debería responder serían, además, los más intrincados y polémicos que durante tres años han agotado la paciencia de los orientales. Cosas tan recurridas como la necesidad de una “política exterior de Estado”; dilemas tan irresueltos como “la inserción internacional”; qué diablos se ha querido decir con “más y mejor Mercosur”; y otras formulaciones más o menos etéreas.
Con toda seguridad Gonzalo Fernández se había preparado esmeradamente para pasar por cada una de esas horcas caudinas (“sufrir el sonrojo de hacer por fuerza lo que no quería”) y salir airoso de ellas. Que eso le han enseñado la Universidad y el Derecho. Todo el mundo estaba ansioso por saber cuál sería el viraje —si es que alguno habría— que el presidente Tabaré Vázquez y su nuevo Canciller deseaban imprimir en la política exterior en los últimos dos años del primer gobierno frenteamplista. A decir verdad, explicar eso era difícil, y convencer, aún más.
Sin embargo, en el fin de semana se produjo lo inesperado, algo que en la historia de América tiene antecedentes por cierto, pero ya muy remotos. Un episodio que sacude la Cordillera de norte a sur y que llama a la solidaridad; una acción violatoria que desempolva los principios de conducta internacional de antiguo asentados en la construcción del continente y que convoca rápidamente a la unidad nacional.
Así fue que el ministro de Relaciones Exteriores no tuvo otra cosa que atender, tras ser impuesto en el cargo el lunes por la mañana, que la redacción de un comunicado en el cual el gobierno expresaba su posición ante la violación del espacio territorial ecuatoriano por las fuerzas armadas de Colombia. De la lectura del texto surgen sin dificultad algunas cosas que parecían olvidadas: una conciencia jurídica que sólo se adquiere bebiendo en fuentes imborrables, la adhesión a principios que forman el acervo nacional, y la vocación pacifista de un país pequeño pero calificado de América.
Nada más precisó hacer el ministro para explicar al país cuál era el punto de partida de su, hasta entonces, bien guardada política exterior. De inmediato fueron los diputados de la Comisión de Relaciones Internacionales quienes concurrieron al Palacio Santos a conversar con Gonzalo Fernández, y salieron de allí felices de la vida. Políticos opositores suscribieron lo escrito y difundido. A la prensa le bastó con eso como alimento, y los analistas encontraron el hilo de la madeja que les permitió tejer sus interpretaciones acerca de la naturaleza política del cambio.
Ante la gravedad de la crisis andina, fue la Organización de Estados Americanos (OEA) la que se colocó de inmediato a la altura de las circunstancias, y fueron también los gobiernos de los 34 países miembros, con sus diplomacias, quienes consiguieron, tras la ardua sesión del Consejo Permanente y en 24 horas, aflojar la tensión en la región y poner en marcha un procedimiento pacificador. En la obtención de esa solución unánime contribuyó también la representación de Uruguay, que recibió claras y rápidas instrucciones del ministro Fernández.
Otras cosas hizo el flamante canciller, al tiempo que estrenaba despacho. Recibió a los líderes de los partidos de la oposición, uno por uno, para explicar la posición del gobierno ante el conflicto y las acciones diplomáticas que ya estaba ejecutando. Y dispuso importantes sustituciones en las direcciones más relevantes del Ministerio para la ejecución de la política exterior y en algunas embajadas, haciendo lugar a diplomáticos de muy buena trayectoria bajo gobiernos anteriores, aunque con sentimientos políticos ajenos al Frente Amplio.
La OEA acordó nombrar una comisión que presidirá el secretario general, José Miguel Insulza, el cual escogerá a cuatro de los representantes en el Consejo Permanente para su integración. La comisión visitará a los dos gobiernos en conflicto y preparará un informe para el órgano de consulta de la Organización, instancia política que componen los ministros de Relaciones Exteriores de los 34 países miembros. La reunión del órgano de consulta quedó fijada para el 17 de este mes, en la antigua sede de la Unión Panamericana, en Washington.
La ocasión es propicia para hacer un reconocimiento a la pronta y eficaz acción de la OEA en este conflicto, al asumir competencia en el más importante de sus cometidos como organización política continental. Sobre la huella de la primitiva Oficina Comercial, transformada luego en la Unión Panamericana, hasta que en 1948 quedó instituida como la actual Organización, la OEA es el organismo regional más antiguo del mundo y como tal forma parte del sistema internacional de la Organización de las Naciones Unidas. En ese carácter le compete también la vigilancia de la paz y la seguridad en la región.
En ese sentido es justo reconocer la intervención que tuvo este jueves en un espacio radial el abogado Fernando Scrigna, quien recordó la actuación de la delegación uruguaya en la conferencia celebrada por el sistema panamericano en Bogotá, en 1948, cuando se negociaron y firmaron los pactos constitutivos de la actual OEA.
Bajo el gobierno colorado del presidente Luis Batlle Berres, la delegación uruguaya en aquella ocasión fue encabezada por el jurista Dardo Regules, en aquel entonces referente principal de la Unión Cívica y por breve tiempo ministro del Interior en aquel mismo período. Un tiempo político que estuvo caracterizado por la radical oposición del Partido Nacional (Herrerismo). El segundo en esa delegación fue el diplomático José Antonio Mora Otero, quien después ocupó durante 12 años la secretaría general de la OEA.
Fernando Scrigna se refirió a la exposición que realizó en aquella conferencia Dardo Regules, poniendo énfasis en la naturaleza del vínculo jurídico que los Estados adquieren al entregar libremente una parcela de su soberanía a la jurisdicción de un organismo por ellos creado para consagrar, en sus relaciones recíprocas, la vigencia de un conjunto de valores y principios de conducta internacional.
La fidelidad a esta tradición, por encima de la lucha ideológica y de peligrosos envites políticos y militares, es lo que ha facilitado con tanta felicidad inicial el estreno de Gonzalo Fernández en la Cancillería. Sin duda, un tipo con suerte.



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