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:: CUCHILLO DE PALO :: 15.03.08 |
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Conflicto andino: una solución latinoamericana |
| Aureliano
Rodríguez Larreta |
Este domingo, 17
de marzo, deberá celebrarse en Washington una Reunión de
Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores de la Organización
de Estados Americanos (OEA) —tal como fue resuelto por el Consejo
Permanente de la Organización el martes 5—, a fin de encontrar
y proponer “fórmulas de acercamiento” entre Colombia
y Ecuador. No debe creerse que la espectacular distensión lograda
por el Grupo de Río en Santo Domingo el pasado viernes 7 sea capaz
de borrar, por sí sola, las raíces del conflicto.
El oficialmente llamado Mecanismo Permanente de Consulta y Concertación
Política, más conocido como Grupo de Río, tenía
discretamente convocada su XX Reunión Cumbre, con encuentro marcado
en la capital de la República Dominicana para el pasado fin de
semana, y una agenda que incluía temas de interés estratégico
para los 20 países latinoamericanos que lo integran, tal como la
seguridad energética.
Nada de eso importó. El Grupo de Río admitió la urgencia
de una situación que Ecuador denunció y que Colombia aceptó
discutir. La reunión reencontró así la esencia de
aquellos conflictos que dieron origen al Grupo a finales de los años
80, como derivación de los trabajos del Grupo de Contadora y los
posteriores acuerdos de Esquipulas, que sentaron las bases para la paz
en Centroamérica.
La “diplomacia directa”, ejercida modernamente por los jefes
de Estado y de gobierno, funcionó activamente, antes y durante
el encuentro presidencial del día 7. Cupo un papel relevante al
presidente dominicano, Leonel Fernández, un político de
prestigio que está en su segundo mandato —no consecutivo,
por cierto— y que ha conducido a la República Dominicana
por caminos de crecimiento y mayor bienestar. Se sabe cuánto funcionaron
los teléfonos en los días previos a la reunión.
También cumplió su tarea la diplomacia habitual, la profesional,
con cuyo concurso fue posible llegar a la declaración de 11 puntos
gracias a la cual —después de esas horas en que los presidentes
Rafael Correa de Ecuador y Álvaro Uribe de Colombia se desahogaron
hasta el insulto— se llegó al momento en que el primero de
los nombrados dio por superado el conflicto.
Con acierto comentó el experto argentino Félix Peña
en “El Cronista” de Buenos Aires, el 11 de este mes, con referencia
a la transmisión televisiva de la reunión:
“La resultante
más notoria de esta cumbre fue desmantelar, al menos por el
momento, una tendencia peligrosa a acontecimientos que escaparan al
control de sus protagonistas, incluso contra su voluntad. Pero quedan
otras secuelas. Una es precisamente que resultará difícil
en el futuro
prescindir del contacto directo entre los ciudadanos y las deliberaciones
de sus gobernantes en las cumbres presidenciales. Otra, no menos
importante, es poner de manifiesto que este foro latinoamericano del
Grupo de Río, es relevante en la medida que se atenga a su función
original y que se lo emplee para desatar nudos en situaciones críticas
para la región.”
En el mismo sentido
se pronunció el propio Grupo de Río en su declaración
del día 7, que se cierra expresando lo siguiente:
“11. Teniendo
en cuenta la valiosa tradición del Grupo de Rio, como un fundamental
mecanismo para la promoción del entendimiento y la búsqueda
de la paz en nuestra región, manifestamos el total apoyo a todo
esfuerzo de acercamiento. En tal sentido, ofrecemos a los gobiernos
de Colombia y Ecuador los buenos oficios del Grupo para contribuir a
una solución satisfactoria, para lo cual la Troika del Grupo
permanece atenta a los resultados de la Reunión de Consulta de
Ministros de Relaciones Exteriores.”
En recuerdo de aquel
período tardío de la Unión Soviética, cuando
el poder era ejercido por tres miembros de la “nomenklatura”
del Kremlin, en el mundo internacional se llama “troika” al
terceto formado por el presidente de turno de una organización,
el que le precedió, y el que habrá de sucederle. En Santo
Domingo asumió el presidente Felipe Calderón, de México,
en cuyas influyentes manos estará coordinar esos buenos oficios
que serán necesarios para encontrar condiciones definitivas de
paz en la región andina y amazónica.
Del principio al fin de su texto, la Declaración del Grupo de Río
—además de registrar los términos negociados para
superar la crisis inmediata entre las naciones involucradas, lo que ya
no es noticia— se apoya en los principios y la letra de la Carta
de la OEA, que consagra la inviolabilidad del territorio de los Estados.
En el procedimiento, la Declaración se encuadra en la resolución
que el Consejo Permanente de la OEA adoptó el miércoles
5, al nombrar una comisión de verificación presidida por
el secretario general, José Miguel Insulza, e integrada por cuatro
de los representantes en el Consejo. La comisión ya ha visitado
a los dos gobiernos en conflicto y el lugar que fue escenario de la incursión,
por parte de fuerzas militares y de policía de Colombia, en territorio
de Ecuador.
La comisión presentará al órgano de consulta de la
OEA un informe con sus observaciones y propondrá fórmulas
de acercamiento. En la alta reunión ministerial, la tarea final
y sustantiva de pacificación sólo habrá comenzado.
No debe perderse de vista que allí se sentarán 34 ministros
de Relaciones Exteriores, entre ellos la secretaria de Estado de los Estados
Unidos, Condoleezza Rice, que este jueves visitó de improviso al
presidente Lula en Brasilia y declaró que “las fronteras
no pueden ser refugio de terroristas”.
Habrá que ver hasta dónde llegará la presión
de Washington para imponer condiciones a un eventual mecanismo negociador
de largo alcance donde, en su visión, pudieran quedar desprotegidos
los intereses estadounidenses. Dentro de esos parámetros se desarrollaría
una gestión colectiva dirigida a encontrar una solución
“interamericana” al conflicto. Pero aun sin salir del marco
de la OEA cabría ensayar el camino de una pacificación de
cuño latinoamericano.
Una solución política latinoamericana, arbitrada por el
Grupo de Río o por la reproducción de un grupo de países
que recuerde a Contadora, sería capaz de crear condiciones, en
un plazo razonable, para restaurar aquéllo que de verdad necesitan
los países andinos: una convivencia democrática, pacífica
y estable.
Sólo se opone a ello una troika de factores tremebundos de la vida
moderna: los intereses petroleros, el narcotráfico y la guerrilla
colombiana, a la cual, tal como la declaración de Santo Domingo
se limita a consignar, Colombia considera como terrorista. En tanto que
el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ha propuesto otorgarle
el estatuto internacional de “parte beligerante”. Menudo embrollo,
que va a exigir a fondo a la imaginación del continente americano.
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