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:: CUCHILLO DE PALO :: 29.03.08 |
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Chávez, Morales, Correa: Afinidades y Diferencias |
| Aureliano
Rodríguez Larreta |
Nadie hubiera firmado
hace 10 o 15 años, cuando se anunciaba el fin de la historia y
de las ideologías, que en América del Sur hubiera nuevamente
espacio para reverdecer la retórica de los años 60, aunque
ya no más por la acción de partidos revolucionarios o movimientos
guerrilleros sino, por el contrario —y con aparente negación
de aquellos métodos—, por procedimientos electorales a fin
de alcanzar el gobierno y, desde el poder institucional, invocar la revolución
política y social.
Tal cosa ha ocurrido en estos años, primero en Venezuela, después
en Bolivia y finalmente en Ecuador. Con orígenes étnicos,
sociales, profesionales y políticos muy diversos entre sí,
los tres liderazgos personales que se han instalado en estos países
proclaman objetivos finales similares, si bien obedecen a realidades diferentes,
enfrentan oposiciones de distinto calibre y se comportan también
de variadas formas.
En un mismo método, no obstante, los tres regímenes han
coincidido: recurren a la convocatoria de asambleas constituyentes todopoderosas
para cambiar la institucionalidad e incluso revocar los mandatos constitucionales
del Estado de Derecho bajo el cual han sido elegidos sus parlamentos,
los presidentes que acaudillan el proceso y las propias asambleas. También
coinciden en buscar, a través de las nuevas instituciones, la perpetuación
de los respectivos liderazgos personales.
El ex dirigente sindical cocalero y ahora presidente Evo Morales, quien
llegó al poder en Bolivia organizando el Movimiento al Socialismo,
pone el acento en las reivindicaciones indígenas y en las nacionalizaciones,
y se reconoce como discípulo y aliado del venezolano Hugo Chávez
en política internacional.
Cosa distinta parece ser el papel que está desempeñando
Rafael Correa en Ecuador. Este joven presidente acaba de ganar protagonismo
continental en su duro enfrentamiento con el gobierno de Colombia por
la violación de la soberanía territorial ecuatoriana el
1º de marzo pasado.
El presidente Correa conduce una política nacionalista ante las
empresas multinacionales, en un país que ha adoptado el dólar
estadounidense como su moneda de curso legal. Su acción internacional
se presenta más independiente, acusando un perfil que lo distingue
de sus dos teóricos aliados.
Con esos matices, puede decirse que los tres representan la irrupción
de un “neosocialismo” en América Latina, más
explícitamente proclamado en Venezuela y en Bolivia. Sin embargo,
si bien se mira, los objetivos de estos regímenes estarían
bastante alejados de aquello que en ciencia política y económica
siempre ha entendido por socialismo. Al nacionalizar empresas extranjeras
que explotan recursos naturales, no hacen otra cosa que desandar el proceso
de privatizaciones que las políticas neoliberales llevaron a cabo
en las últimas décadas del siglo XX.
Al final de cuentas, la limitación del derecho de propiedad, diferenciándose
la propiedad privada de la propiedad pública y de la propiedad
social o cooperativa, es un notorio progreso jurídico y social
que alcanzaron en las primeras décadas del siglo pasado países
como Argentina, Brasil y Uruguay, por citar sólo algunos ejemplos
representativos del llamado “capitalismo de Estado”, cuyas
principales realizaciones aún están vigentes. Y para ello
no fue preciso salirse del Estado de Derecho ni negar los fundamentos
del sistema democrático.
En un escenario sudamericano radicalmente dividido por la ideologización
del debate político y, en consecuencia, por la presencia de estrategias
divergentes —cuando no fuertemente encontradas— en materia
de política internacional y regional, parece natural que esta discordia
se traslade al interior de los sistemas de integración subregional,
como el Mercado Común del Sur (Mercosur) y la Comunidad Andina
de Naciones (CAN), así como al proceso de negociación de
la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur).
El síntoma más reciente de esta discordia estratégica
es la repetida postergación de la reunión presidencial de
Unasur, que suspendida en enero por las dificultades que encuentra en
las cancillerías el proyecto de tratado constitutivo, debía
ahora realizarse en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias el 28
y 29 de marzo. Sin duda como consecuencia del conflicto Colombia-Ecuador,
ha vuelto a ser postergada.
El comunicado conjunto con que se cerró la reciente visita de Hugo
Chávez al presidente Lula de Brasil (Recife, 26.03.08), se limita
a expresar que “los presidentes registraron con satisfacción
los avances alcanzados en las negociaciones del Tratado Constitutivo (de
Unasur). Manifestaron la expectativa de que en el plazo más breve
se realice la reunión de jefes de Estado y de gobierno para la
firma del Tratado Constitutivo”. (Traducción del autor)
Tanto Venezuela como Bolivia y Ecuador, en distinta medida, pueden encaminarse
a regímenes que resulten incompatibles con los principios de libre
mercado y democracia política que están consagrados en los
sistemas de integración subregionales, tanto el Mercosur como la
CAN, e incluso en la Carta Democrática de la Organización
de los Estados Americanos.
La entrada de Venezuela al Mercosur, en condiciones políticas normales,
rendiría beneficios económicos para ambas partes y en particular
para los países de menor dimensión económica, además
de mejorar el equilibrio de poder dentro del bloque. Pero la tonalidad
política con que viene revestida la adhesión venezolana
torna cada vez más difícil su aceptación.
En la citada reunión de Recife, los presidentes Lula y Chávez
no pudieron consignar en su comunicado conjunto más que lo siguiente:
“Tomaron nota de la importancia de la realización, en Brasilia,
el 25 de febrero, y en Caracas, los días 18 y 19 de marzo, de reuniones
técnicas en el marco del Protocolo de Adhesión de Venezuela
al Mercosur”. (Traducción del autor)
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