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:: CUCHILLO DE PALO :: 19.04.08 |
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El Derecho, sin majestad ni imperio |
| Aureliano
Rodríguez Larreta
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Leonardo Guzmán,
jurista, abogado y pensador, acaba de escribir en el diario El País
(11.04.08) una columna que voy a conservar. Ya la he “guardado”
en el disco duro, pero todos los orientales haríamos bien en grabar
sus conceptos en la propia dureza de nuestra memoria y en la maleable
conciencia. No porque coincidamos en todo con sus opiniones particulares,
sino porque partiendo de una evocación a Mariano José de
Larra, el autor reclama hacer algo para que el Derecho “recupere
majestad e imperio” en esta República.
La razón más profunda le asiste al columnista Guzmán
cuando se alarma por la ofensa malpensante a la alta magistrada que acaba
de culminar su carrera, o cuando un diputado exhibe su ignorancia supina
del Derecho e igualmente ofende a la tradición nacional atacando
al Poder Judicial. Aun así, no es eso lo que más importa
de su indignación, sino el inmediato sinceramiento:
“Pero seamos francos
(dice el articulista): a esto no se llegó de golpe y por exabrupto.
Se llegó tras décadas de ir dejando el sentimiento afuera,
aislando al Derecho del vibrato del arte y rebajándolo a peón
de brega de los materialismos de moda: se llega por decadencia.”
Allí el autor cala
hondo. El país pudo salir de la dictadura, recuperar los derechos
(así, en plural y con minúscula), pero no supo recuperar
el Derecho. La democracia fue restaurada, pero apenas restaurada. Le ha
faltado respirar con nueva energía republicana, revisar y renovar
las instituciones, honestamente y cara cara, para encarar el mundo del
siglo XXI.
Entonces fue la decadencia. Una decadencia que a lo largo de estas décadas
ha producido esto que los periodistas y analistas desorientados han dado
en llamar la “judicialización de la política”
o la “politización de la Justicia”. Que no otra cosa
ha sido este desgraciado conflicto institucional y este enredo jurídico
que ha provocado la interposición, políticamente organizada,
de acciones masivas de inconstitucionalidad contra una parte de la ley
de reforma tributaria.
Leonardo Guzmán, con razón, lamenta “la perplejidad
en que se halla la conciencia del Derecho” ante el cese de la ministra
de la Suprema Corte de Justicia, Sara Bossio. El espíritu de todo
su artículo —lo bueno, si breve, dos veces bueno— permite
deducir que igual perplejidad ha de sentir el autor ante la actitud y
las acciones públicas de partidos políticos que ahora, cuando
ya Roma está en llamas, salen a defender “la independencia
del Poder Judicial”.
Tampoco ha de resultar ajeno a esa perplejidad de la conciencia jurídica,
el hecho de que, por primera vez en la historia de la República,
las opiniones y la intención de voto de los jueces del alto tribunal
se hayan filtrado a los medios de prensa y al público, aun antes
de pronunciarse las sentencias. Y aun menos, que en medio del conflicto
un senador haya presentado un pedido de informes, dirigido al presidente
de la Suprema Corte de Justicia, inquiriendo sobre el cumplimiento de
plazos reglamentarios, por parte de los ministros, en el estudio de los
expedientes. Esas son malas artes ante el Derecho.
Me permito imaginar el sentir del columnista, cuyo razonamiento pretendo
no desviar, al escuchar por radio las declaraciones que otro ministro
de la Suprema Corte brindó a El Espectador, ante un inquisitivo
Emiliano Cotelo, en lo que resultó para mi conciencia el hecho
más lamentable: la pusilánime acusación a otros colegas,
de haber incumplido con aquellos plazos. La decadencia que Leonardo Guzmán
acaba de denunciar se manifestó físicamente aquella mañana,
en la persona de aquel juez que no se reservó para opinar solamente
a través de sus fallos y sentencias, como es tradición en
Derecho.
En el tiempo ya demasiado prolongado que lleva este conflicto he encontrado
únicamente dos voces que han llamado mi atención, y ambas
por las mismas razones: ésta de Leonardo Guzmán, y la opinión
que otra mañana, también por radio, expresó el abogado
y senador frenteamplista Alberto Breccia. Con el mismo espíritu
que el articulista, el político defendió el imperio del
Derecho y por ende las bases de un sistema judicial como el uruguayo,
donde la sentencia no sienta precedente ni es fuente de Derecho; y que
en el respeto a esa posible diversidad casuística radica y descansa
la normalidad jurídica.
Sobre ese rasgo del Derecho, escribió el jurista Guzmán:
“Debe resolver conflictos,
pero sobre todo debe inspirar. Por eso, si revoca un fallo no debe ignorarse
las razones que expresó el primer juzgador ni descansarse en el
entrecomillado de precedentes.”
Tal vez, si los políticos
entendieran que deben bajar las armas y confiar la solución del
embrollo a la majestad del Derecho, estas dos personas —Leonardo
Guzmán y Alberto Breccia—, u otras con igual espíritu,
reunidas cara a cara, realizarían el encuentro que el país
reclama.
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