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:: CUCHILLO DE PALO :: 03.05.08 |
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Debatir la tributación, sin malas artes |
| Aureliano
Rodríguez Larreta
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La Suprema Corte
de Justicia acaba de rectificar el curso de sus pronunciamientos en relación
con los recursos de inconstitucionalidad presentados por particulares
contra la imposición a la renta personal en casos en que el ingreso
considerado consiste en una pasividad. Hasta aquí va a llegar este
comentario en cuanto pueda referirse al alto tribunal. Lo mismo debieran
hacer en adelante todos los actores políticos y los medios de comunicación.
La cuestión a discutir en términos políticos no debe
ser ya el Estado de Derecho sino la tributación.
Al gobierno y a los legisladores, ya sean oficialistas o de oposición,
no debiera importarles cuántos contribuyentes han quedado eximidos
de pagar el Impuesto a la Renta de las Personas Físicas (IRPF),
y cuántos puedan ser los que deban pagarlo si el criterio observado
en la sentencia conocida esta semana se repite y se aplica de igual forma
en los siguientes expedientes, como es de suponer. Lo importante será
respetar el imperio del Derecho, que en el sistema uruguayo se expresa
de esta forma. Las sentencias judiciales no sientan precedente ni son
fuente de Derecho, y por lo tanto todas deben cumplirse tal como la Justicia
lo determina en cada caso.
En consecuencia, resultan poco creíbles, por faltos de sinceridad,
los protestos basados en supuestos criterios de equidad y de justicia
que esgrimen políticos opositores y algunos otros voceros de intereses
particulares, quienes se agravian de que, como resultado final de esta
ingeniosa operación política descargada sobre la Justicia,
algunos pasivos, tal vez unos 1.700, hayan logrado escapar de la ley tributaria
mientras que los demás probablemente no podrán alcanzar
igual premio. Falsa moral que se pretende levantar con el único
y verdadero objetivo de que, por vía de la derogación, las
pasividades más altas, todas ellas sin excepción, queden
fuera del impuesto.
Ya no será ésa, por lo tanto, la cuestión que ahora
se deberá debatir. La tributación en sí misma pasa
a ser, en cambio, un auténtico tema de campaña electoral,
y no más un asunto judicial embadurnado por la intromisión
política. La Justicia deberá despachar oportunamente los
numerosos expedientes —en el silencio de su tarea y con la independencia
que le es proverbial sin necesidad de que vengan a recordársela
los mismos que se frotaban las manos ante la andanada de recursos hábilmente
patrocinados—, y lo mejor que todos deberemos hacer, por el bien
general, es dejarla en paz y olvidarnos de ella.
A las puertas de la competencia electoral de 2009, los partidos harían
bien en tomar el tema de la reforma tributaria como uno de los mayores
a ventilar ante la población. Y en particular, el IRPF, pero dejando
atrás el desatino de buscar y rebuscar la inasible inconstitucionalidad
del impuesto para favorecer a algún segmento limitado de contribuyentes
convertidos en grupo de presión.
Discutir, sí, en el Parlamento y en la calle, las correcciones
que deban introducirse en la ley de reforma tributaria, para perfeccionar
y hacer socialmente más equitativos sus mecanismos, en especial
los del IRPF, cuya aplicación no puede ser sino gradual y constantemente
adaptada a la realidad. En primer lugar, el país tiene que ponerse
de acuerdo en definir y pacificar lo que se entiende bajo el concepto
de “renta”, a partir del cual se encajarán en el sistema
los “ingresos” de cualquier origen que reciba un contribuyente.
Y allí, como en cualquier otro lugar del mundo donde la imposición
a la renta personal está desarrollada, las pasividades contribuirán
a formar esa base imponible, de cuyo nivel dependerá si será
o no será alcanzada por el impuesto, y en qué medida.
El país es testigo de un desarrollo anormal del debate político
y de una puja por intereses creados, sirviéndose de lo que podría
llamarse el “boom” o la hipertrofia del recurso de inconstitucionalidad.
Cuando no es el IRPF es la contribución inmobiliaria, o la patente
única, o el proyecto de ley de negociación colectiva, como
acaba de exponer ante la opinión pública el estudio del
abogado Daniel Ferrère, distinguido defensor de los intereses empresariales.
Si el país continúa por ese camino, va a ir por muy mal
camino, y será impredecible dónde irá a desembocar.
Olvidar a la Justicia y abrir ampliamente el debate político-electoral,
con métodos más limpios que las malas artes vistas hasta
ahora, reforzaría la democracia y reafirmaría los principios
republicanos.
Tal vez fuera oportuno pensar en una reforma de la Constitución
honestamente planteada, que permitiera crear un “tribunal constitucional”
—como existe en muchos países, por ejemplo, en la Constitución
española de 1978—, con la competencia exclusiva de declarar
la inconstitucionalidad de las leyes y de todas las normas con fuerza
de ley en el Estado, además de entender en el recurso de amparo
que se consagra en favor de los particulares.
Entre quienes están legitimados en España para presentar
el recurso de inconstitucionalidad ante el Tribunal Constitucional, la
Constitución confiere esa facultad a un número reducido
de legisladores, lo cual contempla el derecho de las minorías ante
cualquier ley en fase de sanción y promulgación.
Con una institución de esa naturaleza, en este país se podría
evitar la repetición de operaciones políticamente organizadas
ante la Justicia ordinaria, como ésta que ha tenido tan indeseables
consecuencias.
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