:: CUCHILLO DE PALO :: 10.05.08
El balotaje, un sistema obstruccionista y mayoritario
Aureliano Rodríguez Larreta

Ayer, jueves 9, fue presentada en Montevideo una obra mayor del profesor José Rilla, este historiador uruguayo de cuya incansable y valiosísima actividad da cuenta una producción editorial comenzada en 1992, que a esta altura resulta no sólo generosa sino indispensable para comprender la historia política de este país. No pretendo comentar el libro, del que apenas he leído las primeras páginas de la Introducción, pero ya esas líneas iniciales me han provocado lo suficiente para reingresar en un tema que me obsesiona: el carácter obstruccionista del sistema electoral diseñado en la reforma de 1996 bajo el mecanismo del balotaje. (1)
Más rápidamente de lo que sus organizadores esperaban, el sistema ha contribuido con mucha fuerza para crear en Uruguay una nueva bipolaridad, un nuevo “bipartidismo” si se admite la palabra en su significado más amplio. Los partidos blanco y colorado – a los que el veterano político nacionalista Walter Santoro, con cuyas reflexiones de hace dos décadas comienza José Rilla su introducción, fue el primero en llamar “fundacionales” y ya no más tradicionales, con mucho acierto – no lograron sino postergar brevemente el triunfo electoral de la izquierda unificada, cuyo acceso al gobierno creyeron poder obstruir con el requisito de mayoría absoluta y eventual doble vuelta para elegir al presidente de la República.
El efecto no proclamado de este sistema, tal como se le aplica en Uruguay, es introducir una severa corrección mayoritaria en la elección del Parlamento, que bien mirada en sus consecuencias prácticas resulta contradictoria e incoherente con el principio de la representación proporcional integral que consagra la Constitución y que ha sido reverenciado de forma unánime durante casi un siglo como un signo de orgullo nacional. Difícil sería obtener una declaración de inconstitucionalidad contra el balotaje, porque él también está metido en la Constitución, pero su espíritu y sus resultados políticos desmienten la vigencia real de aquel principio, que antes de esta reforma garantizaba la justa representación de cada partido en las Cámaras.
Por el contrario, el sistema mayoritario de segunda vuelta para elegir al presidente es psicológicamente tan invasivo, tan arrasador en el debate público, que ya en estos momentos, cuando aún falta un año y medio para las elecciones, no se habla de otra cosa que de las posibles o imposibles candidaturas presidenciales. Hasta los más iluminados parecen creer que el partido cuyo candidato gane la Presidencia es el que habrá de verdad conquistado el gobierno, sin hacer la menor mención a la representación parlamentaria de los partidos, cuya elección se realiza un mes antes, en la misma hoja de votación en la que se vota por presidente. De tal forma que, aquello que debiera ser una elección parlamentaria independiente y auténtica, en este país se convierte en apenas una instancia preliminar para la elección entre dos mandamases, los únicos dos candidatos con verdaderas posibilidades de llegar al ambicionado y todopoderoso cargo y título de “señor Presidente”.
Esta lógica de hierro está armada para favorecer la representación parlamentaria de los dos partidos mayores y perjudicar a los restantes, que en este país actualmente se expresan en el tercero y el cuarto espacio políticos. El espíritu del balotaje comienza a producir su pernicioso efecto en las mal llamadas elecciones “internas”, que en realidad son unas primarias simultáneas y obligatorias para todos los partidos, lo que también podría ser tildado de inconstitucional porque coarta la libertad de los partidos políticos, que consagra otro principio de la Constitución. Un año antes de ponerse en marcha aquel mecanismo mayoritario concebido en tres etapas, su espíritu ya está presente en la conciencia ciudadana y en las discusiones de los expertos en politología.
El mecanismo puede dar como producto dos tipos de gobierno: o uno de mayoría absoluta como el actual, o un gobierno con un presidente en minoría en el Parlamento, necesariamente forzado a elegir uno de estos dos caminos: o negociar una coalición parlamentaria con otros partidos, o gobernar en minoría, negociando cada ley y cada situación particular con los diferentes grupos parlamentarios. A la vista de la experiencia presente, el resultado de un gobierno en minoría, en cualquiera de sus dos alternativas – con coalición permanente o sin ella -, se presenta como más deseable para preservar el espíritu del sistema democrático.
Parecería innecesario aclarar que de todo lo que aquí se ha dicho, la única idea que se pueda imputar a José Rilla es el carácter obstruccionista que en esas primeras páginas atribuye al sistema del balotaje.

(1) “La actualidad del pasado – Usos de la historia en la política de partidos del Uruguay (1942 – 1972)”. José Rilla. Debate, Editorial Sudamericana Uruguaya S.A., Montevideo, 2008, 525 págs., $ 490.-

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