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:: CUCHILLO DE PALO :: 07.06.08 |
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Profundo cambio sociopolítico en EE.UU. |
| Aureliano
Rodríguez Larreta
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Tras una exhaustiva campaña
en elecciones primarias, el Partido Demócrata de los Estados Unidos
está a punto de despejar totalmente la ascensión de Barack
Obama a la candidatura presidencial. A finales de junio tendrá
lugar la convención que lanzará la fórmula de los
demócratas y su programa, pero en estos días lo que más
interesa saber es quién será el candidato a vicepresidente.
Nadie duda, en cambio, de que la nominación del senador por Illinois
ofrece el ejemplo más expresivo de cuán amplia y profundamente
ha cambiado la sociedad norteamericana en los últimos sesenta años.
Los historiadores seguramente
encontrarán un gran campo de estudio y discusión para definir
la dimensión del cambio experimentado en el mundo entre 1948 y
2008, al estudiar, por ejemplo, los siguientes procesos: la decadencia
y caída de la Unión Soviética y el renacimiento y
transformación de Rusia y las demás repúblicas ex-soviéticas;
la reunificación de Alemania; la disolución de la antigua
Yugoslavia y la independencia de las repúblicas balcánicas;
el desarrollo de la Unión Europea, con la unidad y la pacificación
total de Europa en libertad y democracia; la democratización de
España, su modernización y su integración al mundo
europeo; el desarrollo económico y tecnológico de India,
de Japón y del Sudeste asiático; y, para poner algún
punto a esta ejemplificación, el crecimiento económico de
China, con la creación del sector capitalista de la economía.
En 1948, los Estados Unidos
de América, vencedores de la II Guerra Mundial, comenzaban el camino
de su expansión como potencia económica y militar. En su
interior, la sociedad estadounidense permanecía atada a la cultura,
los principios y los hábitos heredados de la colonización
anglosajona y de la religión protestante. Su población blanca
no reconocía derechos civiles a la población negra liberada
de la esclavitud, y en muchos estados de la federación imperaba
la segregación racial. La inmigración, que históricamente
había sido de origen europeo, no era todavía un fenómeno
masivo ni había recibido otros ingredientes étnicos.
Por dos veces, en 1952 y 1956,
un héroe de guerra, el general Dwight D. Eisenhower, fue elegido
presidente de los Estados Unidos como candidato del Partido Republicano.
Y en las dos oportunidades derrotó al mismo candidato del Partido
Demócrata, Adlai E. Stevenson. Éste era sin duda el mejor
intérprete de esa actitud política que entre los americanos
se llama “liberal”, y que reúne a todo aquello que
se opone a conservador o reaccionario. Había sido gobernador del
estado de Illinois (1948-1953), el mismo estado industrial que representa
Barack Obama.
Adlai Stevenson —que
por aquellos años llegó a Montevideo, proveniente de Buenos
Aires, en el hidroavión que acuatizaba en la Bahía, y desembarcó
en una lancha vistiendo un “pilot” americano y llevando una
maleta en la mano—, no pudo conseguir la victoria sobre Eisenhower
y fue dos veces derrotado porque era divorciado. Eso bastaba, en los años
50, para no acceder a la Casa Blanca.
Esos años fueron, no
obstante, los años en que el gobierno federal comenzó a
imponer la legislación que iría acabando paulatinamente
con la discriminación racial en Estados Unidos, en medio de una
muy dura y célebre lucha popular que culminó en los años
60 con una victoria no exenta de tragedia, como no podía ser de
otra forma.
El primer signo de avance
hacia “una nueva frontera” fue la elección de un irlandés
católico, John F. Kennedy, en 1960, como presidente de los Estados
Unidos. Además, con él entró por primera vez en la
Casa Blanca una generación de jóvenes políticos intelectuales,
o intelectuales políticos, que marcaría para siempre un
modo diferente de ver la política, nuevamente ambientado en la
tradición liberal del Partido Demócrata. No por casualidad,
en 1961 el presidente Kennedy colocó a Adlai Stevenson como representante
permanente en la Organización de las Naciones Unidas, donde permaneció
hasta su fallecimiento en 1965.
En los años 90, nuevamente
un presidente demócrata, Bill Clinton, no sólo sedujo a
los norteamericanos con su talento político y con su pasado antibelicista,
sino que además les sometió a la inesperada experiencia
de asimilar un escándalo sexual que fue explotado con todo el modernismo
que ya tenían a su alcance los más sagaces y desprejuiciados
medios de comunicación. De ese memorable episodio saldrían
victoriosos, a la postre y para indignación del sector reaccionario
de los norteamericanos, el propio presidente y su esposa Hillary Rodham
Clinton, una abogada dedicada a la política junto a su marido.
Pasados los dos mandatos republicanos
que ha conducido el presidente George W. Bush, el Partido Demócrata
ha sido protagonista y escenario del mayor ejercicio de cambio social
que pudiera imaginarse hace 60 años, además de un ejercicio
de competencia democrática inobjetable: la candidatura presidencial
del partido la han disputado, por primera vez una mujer —Hillary
Clinton, senadora por el estado de Nueva York— y por primera vez
un negro —Barack Obama, senador por el estado de Illinois—.
Y no debe olvidarse que, ya desde hace un par de años, otra mujer
demócrata, la congresista Nancy Pilosi, es la presidenta de la
Cámara de Representantes.
No paran en el color de la
piel las desafiantes características del senador Obama: nació
en Hawai, su padre era musulmán, su apellido no suena occidental
ni cristiano, y fue criado en Indonesia. Su esposa también es negra.
La nueva conformación social de Estados Unidos, tras medio siglo
de inmigración multirracial y con derechos políticos garantizados
sin discriminación de ninguna especie, ha hecho posible este acontecimiento
de que la nominación presidencial de los demócratas presentara
una opción entre una mujer política y un hombre que otrora
sería clasificado entre las “minorías”.
La nominación a la
vicepresidencia va a ser el resultado del trabajo de una comisión
especial del Partido Republicano que preside Caroline Kennedy, hija del
asesinado presidente. Las malas lenguas han sugerido que el equipo de
Barack Obama podría pagar las deudas que las primarias le han dejado
a Hillary Clinton, a cambio de su apoyo. Si por fin la senadora entrara
en la fórmula, muchos creen que aseguraría la victoria contra
el republicano John McCain. Lo más interesante es, sin embargo,
el argumento.
En las primarias quedó
comprobado que el senador Obama no consiguió conquistar el voto
hispano, que prefirió mayoritariamente a la senadora por Nueva
York. Allí quedó en evidencia un alto grado de racismo en
la comunidad latinoamericana y sus descendientes, donde el candidato negro
no fue aceptado. Así razonan quienes piensan que la presencia de
Hillary Clinton en la candidatura aseguraría millones de votos
hispanos.
Lo contrario parece pensar
el ex presidente demócrata Jimmy Carter, quien ganó las
elecciones de 1976 pero luego perdió ante avasallante candidatura
de Ronald Reagan en 1980. El veterano político ha afirmado que
esa dupla sumaría índices de rechazo, y en particular ha
destacado el 50 por ciento de los norteamericanos que según él
no votarían a la senadora Clinton.
Las elecciones de noviembre
prometen al mundo una experiencia definitiva entre cambio y conservación.
La campaña electoral, que será inaugurada en julio, cuando
ambas convenciones hayan completado sus respectivos comandos y calentado
las máquinas partidarias, tendrá mucho que aportar y con
seguridad cambiará en un sentido o en otro las previsiones que
ahora pudieran hacerse.
Sin duda, los demócratas
atacarán a la administración Bush por los numerosos flancos
que ésta ofrece, al retirarse en el mayor de los desprestigios.
Y el candidato McCain mostrará al país la clásica
figura del conservador, veterano de guerra, atado a las tradiciones.
Lo que ya está demostrado,
sea cual fuere el resultado de la contienda política, es que la
sociedad norteamericana está adquiriendo un grado avanzado y ejemplar
de cambio sociopolítico, dentro su muy particular sistema democrático.
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