:: CUCHILLO DE PALO :: 08.11.08
Obama: Realidad, sueño, utopía
Aureliano Rodríguez Larreta

¿Qué ha ocurrido en los Estados Unidos de América (EE UU) a lo largo de cinco decenios, como razón suficiente para explicar que las habitaciones que en los años 50 ocupaba “Mammie” Eisenhower, el próximo 20 de enero alojarán a  Michelle Obama? Ya electo presidente, el pasado martes 4, Barack Obama (47)  cerró esa noche el círculo de una campaña dedicada a demostrar que cambiar es posible, poniendo énfasis en que la hora del cambio ha llegado. “Change has come to America”, subrayó con sobria pero penetrante elocuencia. Pase lo que pase en el futuro, el acontecimiento vivido en el Grant Park de Chicago (Illinois) quedará sin duda registrado como uno de los más memorables del siglo XXI.

     Tres fueron en verdad los hechos que la memoria colectiva difícilmente olvidará: la alocución del triunfador, que ya es citada como “Discurso de la Victoria”; el paseo por la pasarela azul de una familia norteamericana compuesta por el padre, la madre y dos niñas, cuya mayor señal de distinción es el “cambio” en el color de la piel; y en tercer lugar, aunque igualmente notable, la actitud emocionada y festiva, pero integradora y respetuosa, de esa densa multitud, estimada en más de 100.000 personas, que con el corazón en la mano demostraban ser conscientes del momento histórico que estaban viviendo.

     Reflejaban en sus miradas que ellos se sentían tan protagonistas como el líder que los había conducido hasta allí. Codo con codo, aquellos rostros igualmente alegres y conmovidos mostraban una composición multiétnica y multicultural que abarcaba los cinco continentes y probablemente todas las creencias. Un acto de fraternidad como difícilmente pueda verse en una democracia. Algunos cargaban a sus pequeños, otros cruzaban su pecho con el brazo derecho, en gesto de unción patriótica. Todos escuchaban con atención cada una de las palabras de Barack Obama, jalonadas por otro lema de la campaña: “Sí, podemos” (Yes, we can).

     Entre ellos, dejando correr las lágrimas, el reverendo Jesse Jackson, que en situaciones y momentos diferentes, y desde puntos de partida más radicales que se condecían con las condiciones de su época, había perseguido la misma utopía e incluso había aspirado a la Casa Blanca.

     Los más elementales datos de la realidad explican la excluyente atención que el mundo entero prestó a este cambio político-social en EE UU, y que continuará prestando en el futuro. También explican que, desde hace por lo menos medio siglo, todo lo que ocurre en la primera potencia mundial tiene repercusiones y afecta de una u otra forma al resto de las naciones.

     El señor Obama entiende, sin embargo, que con su victoria sólo ha llegado el momento de hacer el cambio, no todavía el cambio.


“Lo que comenzó hace 21 meses en pleno invierno no puede terminar en esta noche otoñal. Esta victoria en sí misma no es el cambio que buscamos. Es sólo la oportunidad para que hagamos ese cambio. Y eso no puede suceder si volvemos a como era antes. No puede suceder sin vosotros, sin un nuevo espíritu de sacrificio.”

     En esta oportunidad, la sociedad norteamericana produjo, dio de sí, a un carismático líder negro, formado como el mejor de los ciudadanos, que en el pleno ejercicio de sus derechos se dirigió con determinación, velocidad y brillo fulgurante, a la conquista del cargo de presidente de EE UU.

     Para ello se insertó Barack Obama en el Partido Demócrata, adaptando al tiempo presente las tradiciones liberales que no deja de invocar: Lincoln, Roosevelt, Truman, Kennedy. No obstante esas tradiciones, puede decirse que junto a él —dada la nueva configuración social del país— han ganado la oportunidad de gobernar aquellos que nunca han gobernado, y lo más probable es que lo hagan sin excluir ni desplazar a los que siempre han gobernado. Siempre que la Casa Blanca y el sistema político logren preservar el espíritu patriótico que se veía brillar en los ojos de la multitud congregada en Grant Park.

     La noche del martes 4 permitió presagiar que así habrá de ocurrir, a la luz del elogio que el presidente electo hizo del derrotado senador John McCain, y del nobilísimo discurso de aceptación de la derrota que el candidato republicano pronunció ante sus seguidores, acallando la chiflatina y los abucheos que éstos dedicaban al señor Obama con tan solo oír su nombre.

     Los estadounidenses han manifestado de forma inequívoca —con su altísima concurrencia a las urnas y con el voto casi arrasador otorgado al Partido Demócrata, tanto para el Congreso como para el Ejecutivo—, que desean reparar la deteriorada imagen de EE UU en el mundo y dar un nuevo perfil al “liderazgo” que esta potencia ejerce, por su propio peso, en la política internacional.

     Así lo señaló el presidente Obama en su Discurso de la Victoria:


“Y a todos aquellos que nos ven esta noche desde más allá de nuestras costas, desde parlamentos y palacios, a aquellos que se juntan alrededor de las radios en los rincones olvidados del mundo, nuestras historias son diversas, pero nuestro destino es compartido, y llega un nuevo amanecer de liderazgo estadounidense.”
     Suele destacarse que la campaña electoral conducida por Barack Obama y su equipo fue innovadora, moderna y carente de errores políticos o estratégicos, y todo eso es verdad. Pero ello no explicaría ninguna victoria con las características que ésta ha tenido. No explicaría el viraje histórico que una nueva sociedad —conformada a lo largo de décadas, con nuevas generaciones de inmigración multirracial y multicultural— ha dado a la política en EE UU. No lo explicaría si la candidatura demócrata no hubiera interpretado cabalmente el sentido social y político de ese pronunciamiento.
     En su momento fue oportuno inquerir sobre el profundo cambio sociopolítico que la sociedad norteamericana exhibía durante las elecciones primarias del Partido Demócrata, que por primera vez en la historia se dirimían entre una mujer y un negro. El recuerdo de Mammie Eisenhower, una buena ama de casa, dejaba su lugar a una mujer política como la senadora por Nueva York Hillary Clinton. Y la población negra, que 50 años antes no podía siquiera votar, ahora optaba a la Casa Blanca en la persona del senador por Illinois, Barack Obama.
     Las primarias entre estos dos ofrecieron un ejercicio democrático ejemplar, como pocas veces se había visto, con una sucesión de debates donde ambos discutieron exhaustivamente sobre la totalidad de los asuntos de interés político nacional e internacional. Tras la victoria del senador Obama, éste recibió el apoyo de su opositora pero no cometió el error de elegirla para completar su fórmula como candidata a la vicepresidencia. El presidente Jimmy Carter desaconsejaba esa nominación, por entender que la dupla no haría otra cosa que sumar los respectivos índices de rechazo que uno y otro pudieran tener en diversos sectores sociales.
     Con calma y oportunamente, el señor Obama finalmente anunció que su candidato a vicepresidente sería el senador Joseph Biden, un político de trayectoria impecable que reunía aquellos elementos que a él le hacían falta para enfrentar las críticas del republicano McCain: es un parlamentario con amplia experiencia internacional, presidente del Comité de Relaciones Internacionales del Senado, y desciende de una familia irlandesa. El senador se convirtió así en el complemento ideal de las supuestas carencias del candidato demócrata.
     El candidato republicano, por el contrario, cometió un error rotundo al seleccionar a la gobernadora de Alaska, Sarah Palin, supuestamente por su carácter fuertemente liberal en lo económico y socialmente conservadora. La candidata patinó en diversos episodios que el senador McCain debió disimular, y llegó a ser ridiculizada en algún programa radial.
     Sin embargo, tampoco debe entenderse que la equivocada nominación de la señora Palin haya sido un factor determinante en la derrota del Partido Republicano y en particular de su candidato. Como se sabe, el senador McCain debió luchar contra la corriente para zafar del lastre que le presentaba la administración Bush, tanto en el plano de la política exterior como en el estado de la economía nacional y el déficit desproporcionado del gobierno federal.
     Ni siquiera el lastre de la administración Bush trabajando pasivamente en favor del Partido Demócrata, sumado a los errores de la candidatura republicana, hubieran explicado por sí mismos la derrota del senador McCain.
     Una enorme verdad, sin embargo, fue la influencia y el peso que la crisis financiera mundial y la recesión económica desencadenada en los últimos meses de la campaña electoral ejercieron en favor de Barack Obama, que consiguió ganar incluso en los estados donde los republicanos parecían tener bazas aseguradas.
     Por encima de todos esos factores, evidentes pero circunstanciales, este viraje histórico que nuevamente ha protagonizado en EE UU el Partido Demócrata, ahora conducido por el liderazgo carismático y renovador de Barack Obama, parece haber sido el resultado de una corriente irrefrenable de cambio social y político.
     Un cambio profundo que se ha generado a lo largo de décadas y que ahora ha tenido una manifestación política brillante, dentro de un sistema democrático que, tras sus famosos fracasos en la década pasada, ahora ha dado un prueba indiscutible de transparencia y potencialidad.
     Los asuntos de política exterior, tanto en el plano mundial como en el regional, que tanto interesan a los países latinoamericanos, merecerán un análisis particular.

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