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:: CUCHILLO DE PALO :: |
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De Walter Gómez a Zinedine Zidane |
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Aureliano
Rodríguez Larreta |
Alguna cosa todavía indescifrable
comenzó a inquietarle el domingo por la tarde, cuando un cabezazo
salido de quién sabe qué ignoto meandro del cerebro o de
las entrañas de un hombre se convertía en una agresión
que entrará en la historia pero que sólo diez minutos más
tarde pasaría la Copa del Mundo de las Galias a Roma, porque éso
fue lo que ocurrió al marrar Trezeguet aquel penal, Trezeguet,
medio argentino y medio francés, que no había jugado ni
un minuto en toda la Copa, y aquel hombre que parecía infalible
no estaba para evitarlo, algo que no comprendía siguió acuciándole
y persiguiéndole el resto del domingo, porque Zinedine Zidane coronaba
su carrera en esos diez minutos que faltaban y después en la tanda
de penales, entonces nadie podía creer que lo ocurrido fuera real
y la incredulidad continuó el lunes, él salió a la
calle y las charlas con los conocidos no le ayudaron para calmar aquello
que le corroía por dentro como un misterio que quedaba fuera de
su alcance, algo más tiene que haber, pensaba, buscaba puntos de
referencia que no encontraba, hasta que el martes por la mañana
Emiliano, nombre también romano, le sorprendía en la radio
con una entrevista al abogado Martín Reyes Delgado, que también
es su colega de radio pues comenta cine y literatura, y Martín
Reyes se mostraba igualmente corroído por la imposibilidad de interpretar
aquel cabezazo, buscando razones más hondas que un simple insulto
de campito, y entonces Martín Reyes quiso ver en la reacción
de Zidane la rebeldía última y final de aquel hombre nacido
francés, nacido y criado en esa esquina del Mediterráneo
que es Marsella, donde también nació e hizo su cantera política
el xenófobo de ultraderecha Jean-Marie LePen, el mismo LePen que
unas horas antes de la final había declarado que si la selección
francesa ganaba la Copa no sería un triunfo de Francia porque el
equipo estaba lleno de africanos, y recordó Martín que Zinedine
es hijo de emigrantes argelinos, venidos de Argelia, la antigua colonia
francesa, y se preguntó Martín si aquella rebeldía
no era el grito atragantado de toda una vida de humillaciones xenófobas
solapadas, escondidas muchas veces, un incontenible grito de ¡basta!,
dijo Martín, y entonces hizo una amplia alusión al escritor
francés Albert Camus, ¿francés?, nacido en Argelia,
que en 1942 publicó “El Extranjero”, que luego fue
llevado al cine, pero él no recordaba haber visto la película,
con Mastroianni de protagonista, que Martin Reyes citaba, de todas maneras
era esa angustia existencial de Camus la que también se expresaba
en el cabezazo de Zinedine Zidane al “romano” Marco Materazzi
que de forma artera y sucia lo había provocado, no importa si recordándole
a su madre o a su hermana o a toda su familia, la verdad revelada, el
misterio que a él le corroía por dentro apareció
entonces en toda su extensión, ese Zidane árabe-argelino-musulmán,
gritaba ¡basta!, no importándole ya la Copa ni el Balón
de Oro de la FIFA, y hasta olvidando por un instante su amor por Francia
y la lealtad a sus compañeros, y por su cabeza agresora pasaban
en ese mismo instante las ruinas de Cartago, destruida por Escipión
el Africano Menor, Napoleón Bonaparte (corso, ¿francés?)
ante las pirámides de Egipto, Lawrence de Arabia, Montgomery persiguiendo
a Rommel, el Canal de Suez, la guerra de Argelia, hasta que todo eso se
borraba pero quedaba en su conciencia el resentimiento (el resentimiento
de Zidane, decía Martín Reyes), ese sentimiento de haber
sido siempre mirado como un extranjero, y él recordaba entonces
a Georges Brassens, que era muy francés, cantando “Le Météque”
(el extranjero), y que en 1970, cuando la imagen de Georges Brassens estaba
en todas las paredes del Barrio Latino de París, él había
tenido la casi certeza de cruzarse con el propio Brassens atravesando
un puente cerca del teatro donde habría de cantar, y en la rebeldía
de Zidane se concentraba entonces una historia mundial impregnada de europeísmo
y de eurocentrismo, de imperialismo, de colonialismo y de muchas cosas
más, pero a él todo eso no le bastaba para calmar su inquietud,
hasta que Martín Reyes Delgado, que es nacionalófilo de
cepa, recordó que su abuelo decía que en el Cielo debería
haber una ventana para mirar por ella cuando juega a Nacional, y eso bastó
para abrir en su memoria la ventana hacia el pasado cuyo bloqueo le perturbaba
tanto desde el domingo, para llevar su memoria hasta una tarde lluviosa
y fría de 1949, él está casi seguro del año,
una tarde en que jugaban Nacional y Peñarol un clásico oficial
en el Centenario, y él se mojaba en la Colombes, él era
un niño que ya entendía y jugaba al fútbol y que
un año atrás se había ido en bicicleta a la sede
de la calle Lavalleja para asociarse, por eso en 1998 le dieron la medalla
de oro y no paga más, aquella tarde a Nacional un juez chorro le
estaba robando el partido y era tan descarado el robo que cuando ya no
se podía soportar más, en medio de una última protesta,
surgió el puño justiciero de Walter Gómez, que le
encajó al juez Bochetti (otra vez, un tano) el piñazo más
glorioso que él haya visto en una cancha de fútbol, porque
ese árbitro del que después nunca más se supo, se
había ganado por venal y corrupto, esa piña y muchas más,
pero lo que de verdad estaba ocurriendo era que por fin alguien gritaba
“¡basta!” a la corrupción, y de eso se encargó
aquel muchachito genial que era Walter Gómez, que no estuvo solo
en la rebeldía, porque en el intervalo Nacional decidió
no continuar jugando y el equipo no salió al campo, y él
recuerda que en la portada de algún diario quedó fotografiado
para la historia el delgado brazo de aquel gurí que entonces era
Walter Gómez, totalmente estirado como un “directo al mentón”,
incrustado en el rostro de Bochetti, un episodio que cortó para
siempre en Uruguay la carrera de aquel entreala (insider) derecho que
en aquel entonces “apilaba” defensas enteras con un dribbling
endiablado y se metía en el área con un “rush”
imparable, ocupando la posición que había dejado libre nada
menos que Aníbal Ciocca, el primer “príncipe”
que él vió jugar, y también había estado en
el Estadio el día en que ese príncipe colgó los botines,
tal como lo estaba haciendo el domingo Zinedine Zidane, al que Martín
Reyes había calificado también como un “príncipe”
pues así había jugado en este Mundial, y Walter Gómez
había ocupado el lugar de Ciocca, que no le quedaba grande, pero
por haber gritado ¡basta! tuvo que irse a Colombia y pronto llegó
a River Plate argentino, donde dejó escrita una historia sin igual,
maduró, pasó a jugar como centroforward atrasado y creador
de fútbol, y se quedó en el club para siempre, también
como un príncipe, que esto de príncipes es para unos pocos
elegidos, el segundo príncipe que él pudo ver fue Juan Alberto
Schiaffino, al que en Italia recuerdan como el más grande jugador
que jamás hayan visto, el argentino Reinaldo Martino, y después
Enzo Francescoli, al que la hinchada de River Plate despidió en
el Monumental con el cariño que acá en su tierra le fue
retaceado, y mientras piensa estas cosas él recuerda también
que aquella gloriosa piña a Bochetti le impidió a Walter
Gómez ir al Mundial de 1950, que su lugar en Nacional fue ocupado
por Julio Pérez el “pata loca”, que se cubrió
de gloria en Maracaná aunque suele atribuirse el mérito
a Ghiggia porque hizo el segundo gol, pero no suele recordarse que sin
la entrega del “mono” Gambetta y los dos pases seguidos que
le metió Julio Pérez (el “juego de ala”, que
no se vio en Alemania) ese segundo gol no se habría producido,
y mientras la memoria sigue abriendo ventanas aparece la iniciativa del
diputado Schiavarelli para que el Parlamento realice un homenaje a Obdulio
Varela al cumplirse 20 años de su muerte, entonces él piensa
en aquella “selección”, aquel combinado de los dos
grandes que fue el equipo del 50, cuyo mérito habría que
estudiar con más detención, porque sólo por modestia
podía decir el Negro Jefe que si jugaban cien partidos contra Brasil
sólo le ganaban uno, ya que aquellos milagreros por algo habían
llegado invictos a la final, con ocho goles a Bolivia y empates con España
y Suecia, y que Obdulio no había jugado tan mal como ahora se dice,
que había metido un par de “pinos” memorables de fuera
del área, y eso a pesar del gesto de rebeldía de Walter
Gómez, que qué es eso de darle un tapazo a un juez, algo
que sólo puede comprenderse en toda su profundidad cuando se ve
a un príncipe como Zinedine Zidane, a punto de terminar su carrera
y de ganar la gloria para el deporte de su patria, arrojar al suelo, de
manera misteriosa, a un sucio provocador.
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inteligente 
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