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:: CUCHILLO DE PALO :: |
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EL MERCOSUR Y SU PARLAMENTO “GUACHO” |
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Aureliano
Rodríguez Larreta |
Era igualmente lógico,
tanto apoyar como oponerse al protocolo constitutivo del Parlamento del
Mercosur que acaba de aprobar el Senado —el proyecto de ley pasa
ahora a la Cámara Baja—, porque en este caso la disyuntiva
legislativa está mal planteada, así como lo estuvo esta
idea desde sus orígenes. La demagogia embarga a los dirigentes
políticos de la región y les hace saltar por sobre sus fracasos
con iniciativas de este estilo, que idealmente habría que abrazar
pero que vienen mal desde su gestación.
Por eso pierde todo
interés la posibilidad de adentrarse en el debate político
que protagonizaron los senadores, con los frenteamplistas a favor del
protocolo y con los blancos y los colorados en contra. Era evidente que
los legisladores oficialistas habrían de abrir camino a la ratificación
de un tratado que su gobierno firmó (a pesar de que algunos se
guardaran sus reservas en el pecho), así como también lo
era que los opositores no levantarían sus manos aunque en varios
de ellos alentara todavía la causa de la integración regional.
Y ambas actitudes tenían su justificación, porque no está
allí el centro de la cuestión.
En un proyecto de
integración, un parlamento regional significa aceptar la idea de
que existan instituciones comunes, y más precisamente dicho, instituciones
comunitarias. Éstas sólo legitiman su existencia si tienen
las competencias exclusivas, verdaderas y eficaces que hacen a su naturaleza.
En el caso de un parlamento, las propias de esta institución: legislación
y control. Para que un parlamento regional, comunitario, pueda cumplir
su función necesita de la existencia simultánea de, por
lo menos, las otras dos instituciones clásicas del gobierno de
los hombres: la ejecutiva y la judicial. Y para que todo esto pueda existir
hace falta aceptar el principio de supranacionalidad.
Por escolar que parezca
este silogismo —con perdón del lector—, es preciso
reiterarlo para poner de relieve la orfandad en que nacerá este
Parlamento del Mercosur, donde todo el campo de toma de decisiones es
intergubernamental. No podrá ejercer las competencias que le serían
propias en un sistema completo de instituciones comunitarias; no podrá
ser colegislador con la ejecutiva que tenga a cargo los intereses comunes
y con el órgano intergubernamental (Consejo) donde los Estados
miembros defiendan sus intereses particulares; no tendrá con quién
dialogar institucionalmente.
CAJA DE RESONANCIA
Habría bastado
con ampliar las competencias de la Comisión Parlamentaria Conjunta
del Mercosur, para alcanzar los resultados que se aspira obtener con este
“parlamento”. De hecho no va a significar otra cosa que una
ampliación física de aquella Comisión. Se crea en
realidad un espacio con acústica, donde los delegados de los parlamentos
nacionales podrán agotar su retórica regional. Una caja
de resonancia aumentada, tal vez, para los discursos presidenciales.
La atribución
más efectiva que esta cámara regional tendrá se refiere
a una especie de filtro calificador de las normas aprobadas por los órganos
del Mercosur, a fin de facilitar y garantizar su conversión al
derecho positivo interno de los Estados miembros. Hace años que
se viene denunciando el déficit acumulado que mantienen los gobiernos
en este campo —casi 70% de las regulaciones no están en aplicación—,
lo cual constituye uno de los factores menos conocidos pero más
expresivos de incumplimiento de lo acordado. Podría haberse reforzado
a la Comisión Parlamentaria Conjunta con estas competencias, y
así evitar el papelón internacional que significa crear
una cáscara vacía.
El Tratado de Asunción
(1991) incurrió en la temeridad de pretender que un mercado común
estaría vigente en el plazo de cuatro años, algo que asombró
hasta al más lego en la materia. Este protocolo retoma aquel ímpetu
temerario al determinar que la asamblea parlamentaria inicialmente compuesta
por 18 delegados de cada uno de los parlamentos nacionales, a partir de
2010 se convertirá en un parlamento regional elegido por el voto
directo de todos los ciudadanos de los Estados miembros.
Olvidan los redactores
del protocolo, que no podrá llegarse a tal elección sin
que el estado de conciencia de la ciudadanía —y en general
de la opinión pública de estos países acerca de la
idea de integración regional— haya avanzado hasta el punto
de maduración necesario para que tal elección pueda realizarse
con un mínimo de racionalidad democrática. En un Mercosur
que a 15 años de fundado se encuentra severamente cuestionado y
amenazado por movimientos dispersivos, no será con una votación
prematura y no sentida ni comprendida, para elegir un parlamento sin competencias
efectivas, que se va a remediar todo lo que ha sido mal hecho en el proyecto
de integración.
SIN POLÍTICA DE INTEGRACIÓN
La creación
de este parlamento, ideada por el presidente Lula de Brasil, se convirtió
en uno de los objetivos primordiales de la presidencia uruguaya del Mercosur,
en el segundo semestre de 2005. Otro fue la adhesión de Venezuela,
que se concretó seis meses más tarde, bajo presidencia argentina.
Desde el primer momento parecieron escasos y equivocados, ambos objetivos,
para una gestión de política exterior que en relación
con la integración regional demandaba del nuevo gobierno una propuesta
de reforma que a la vez fuera original, independiente, radical y sustancial.
Al Mercosur de los
Cuatro, que ya enfrentaba su más honda crisis, le correspondía
reformarse para profundizar su integración sobre nuevas bases,
y entonces sí, crear sus nuevas instituciones bajo principios comunitarios.
Pero crearlas todas juntas, como un sistema equilibrado. Unas instituciones
que garantizaran la equidad en la distribución de los beneficios
de la integración.
En un estudio colectivo
sobre inversión extranjera directa en el Mercosur, que en estos
días es publicado en Rio de Janeiro, el economista brasileño
Mohamed Amal atribuye a la “organización institucional limitada”
del Mercosur, en primer lugar, “un nivel de desarrollo deficitario
del proyecto de integración”. Y a continuación señala
que más recientemente ese déficit institucional ha dado
lugar “al surgimiento de conflictos muy serios en relación
con la capacidad de atracción de inversión extranjera directa
de cada país”. Entre estos conflictos menciona “la
disputa binacional sobre inversiones en la industria de celulosa entre
Uruguay y Argentina”, y concluye que todo esto genera dudas “sobre
la utilidad del Mercosur como instrumento de superación de tales
problemas”. (“O investimento direto externo no Mercosul: o
papel da Europa”, Fundación Konrad Adenauer – Brasil).
Una vez que hubiera
superado su honda crisis con el lanzamiento de un nuevo proyecto y nuevas
bases institucionales, el Mercosur podría abrir un proceso de ampliación
a nuevos miembros. Esto es lo que no se vio, o no se quiso ver, en el
segundo semestre de 2005. En la situación actual, la incorporación
de Venezuela —ideologías y estrategias internacionales aparte—,
antes que mejorar el equilibrio interno de poder, se convierte en una
nueva complicación.
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