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:: CUCHILLO DE PALO :: |
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Uruguay y el Mercosur: la hora de la verdad |
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Aureliano
Rodríguez Larreta |
Está llegando la hora
de la verdad en la relación de Uruguay con el Mercosur, si es que
no ha llegado ya. El 24 de octubre pasado, ante el Grupo Mercado Común
(GMC), el gobierno entregó su documento básico para encuadrar
esa relación en las necesidades de una estrategia de desarrollo
a medio y largo plazo, y lo hizo en cumplimiento de una decisión
del Consejo del Mercado Común (CMC) según la cual los países
de economías menores fueron invitados a presentar sus argumentos
y propuestas para “superar las asimetrías y facilitar el
acceso a mercados”. Se abría paso así, oficialmente,
a una discusión crítica y crucial, que está planteada
en la subregión desde hace no menos de cinco años.
Ese documento, cuyo título
(“Uruguay y el Mercosur”) encierra en su simplicidad todos
los significados imaginables, fue la base de la exposición pública
que la semana pasada realizó el equipo económico del gobierno
en el foro anual de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa
(ACDE). Y ya en su primer párrafo previene a sus destinatarios
(los órganos del Mercosur y los países miembros) que su
contenido podrá ser “profundizado y ampliado” oportunamente.
Esto es precisamente lo que a estas horas está haciendo en Brasilia
el ministro de Economía y Finanzas, Danilo Astori, en la reunión
del CMC, máximo órgano decisorio del Mercosur, del que forma
parte junto al titular de Relaciones Exteriores.
Tanto el pensamiento orientador
como la gestión de esta política son atribuibles por entero
al ministro Astori y a su equipo, y ajenos al Ministerio de Relaciones
Exteriores, que dirige el ministro Reinaldo Gargano. Si en materia de
inserción comercial internacional las cosas no se han visto con
mayor claridad en estos dos primeros años del actual gobierno,
ello no se ha debido tanto a las discrepancias entre estos dos ministros
sobre una negociación de libre comercio con Estados Unidos, como
a la sentida carencia de una verdadera política exterior, con su
capítulo de atención primordial hacia la integración
regional.
A lo largo de estos dos años
se ha echado de menos el sustento de política y de diplomacia con
que deben contar los análisis económicos de un gobierno
para orientarse en los espacios externos de la economía. Entre
esos espacios, el de privilegio para Uruguay sigue siendo el Mercosur,
que nació como una gran expectativa de mercado ampliado y que todavía
mantiene, a pesar de su actual crisis, la vocación de consolidarse
como el “mercado interno” de una economía pequeña
que a la vez conquiste mercados de exportación y fuentes de inversión
en el resto del mundo.
El Ministerio de Relaciones
Exteriores no ha aportado al análisis crítico del Mercosur,
el pensamiento y las propuestas de naturaleza política e institucional
que pudieran redondear los conceptos del área de economía,
que ahora el ministro Astori ha llevado al más alto nivel en Brasilia.
La presidencia temporal del Mercosur, que Uruguay ejerció en el
segundo semestre de 2005, careció de ideas propias sobre cualquier
tipo de “reformulación” del proyecto de integración
que pudiera atender la insatisfacción de los países menores.
Los problemas que ahora se
acumulan en la presencia uruguaya en las reuniones de Brasilia son indivisibles
desde el punto de vista político: (1) el conflicto con Argentina
por las inversiones extranjeras en producción de celulosa, y la
reclamación política por el bloqueo argentino a los puentes
sobre el río Uruguay, que también en estas horas presenta
el ministro Gargano; (2) la imposición de salvaguardias comerciales,
por parte de Uruguay, a exportaciones argentinas subsidiadas que amenazan
a sectores industriales nacionales; y (3) la reclamación del ministro
Astori contra las restricciones comerciales y las asimetrías económicas
en la subregión, con la solicitud de que el Mercosur “flexibilice”
sus normas estatutarias de forma que los países menores puedan
negociar acuerdos de libre comercio con terceros países y regiones.
Todo esto conforma un “paquete”
de cuestiones aparentemente independientes pero políticamente entrelazadas
e inseparables, que concurren a colocar la relación de Uruguay
con el Mercosur en la hora de la verdad.
Cuando el ministro Astori
reclama “flexibilizar” las normas del Mercosur para que Uruguay
pueda firmar tratados de libre comercio con Estados Unidos, India o China,
en realidad está pidiendo permiso para salirse de la unión
aduanera y de la política comercial común. No llega a ofrecer
las fórmulas concretas que habilitarían al país para
actuar de esa forma sin dejar de ser miembro pleno del Tratado de Asunción
(1991). Pero allí está el corazón de la cuestión.
El titular de Economía
no ha tenido a su lado una política exterior capaz de sustanciar
propuestas acabadas para reformar los fundamentos y las instituciones
del Mercosur a fin de permitir, en primer lugar, la profundización
de los objetivos de integración y una institucionalización
superior capacitada para corregir las actuales deficiencias y asimetrías;
y en segundo término, la organización de un proceso de ampliación
horizontal de admisión de nuevos miembros, entonces sí,
bajo normas lo suficientemente flexibles para hacer posible que todos
los países, con sus variadas realidades estructurales, asuman a
velocidades diferentes cada una de las construcciones del proyecto de
integración.
Es por falta de atención
a estos parámetros que aparecen descolocadas y discriminatorias,
fuera de un contexto lógico, tanto la creación del Parlamento
del Mercosur como la singular adhesión de Venezuela, sin que se
hayan resuelto previamente los problemas centrales que aquejan al proyecto
de integración.
La “flexibilización”
del Mercosur está planteada desde finales del siglo pasado, cuando
Chile se interesó políticamente en el bloque a despecho
de la incompatibilidad de su política arancelaria con el nivel
de protección de la unión aduanera. La actual reclamación
uruguaya apunta a una revisión a la baja del Arancel Externo Común,
antiguo tabú cuya destrucción comienza a abrirse camino
en Brasil, incluso entre las cúpulas empresariales de la industria
paulista.
Parece haber llegado el momento
en que Uruguay ponga sus condiciones sobre la mesa del Mercosur, siempre
que la dirección de su política exterior aporte a esa gestión
las propuestas concretas de reforma que deben acompañar a todo
condicionamiento entre los miembros de una sociedad. Hasta ahora, lamentablemente,
se ha perdido el tiempo.
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