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Nada más equivocado que juzgar que en Italia ha caído el gobierno por el hecho de que el primer ministro (presidente del Consejo, se llama), Romano Prodi, haya ofrecido su renuncia al presidente de la República. El Senado le ha negado un voto favorable a la política exterior, y en razón de una costumbre política, el señor Prodi ha renunciado, lo que no significa que no siga desempeñando las funciones del cargo, él y todo su gabinete, hasta que la “crisis” sea resuelta. Ahora está en manos del jefe del Estado el arbitrio de una solución. En el parlamentarismo no se produce nunca un vacío de poder. El presidente de la República hace las consultas pertinentes a todos los líderes parlamentarios en busca de bases para asegurar una nueva mayoría. Según sea la situación, ésta podrá consistir en un pequeño retoque de la anterior, en una reformulación mayor de la coalición gobernante, o en un viraje hacia un gobierno con un signo político donde pase a predominar la oposición al gabinete saliente. Y si no encuentra bases suficientes para encargar a nadie la formación de un gobierno, el jefe del Estado podrá convocar a elecciones parlamentarias anticipadas. En todos los casos, el gobierno renunciante continúa en funciones hasta la investidura del siguiente. Romano Prodi ha optado por esta salida, entre otras alternativas posibles. Su mayoría de centro-izquierda en el Senado era muy ajustada, de apenas dos votos. Al perderla en un debate sobre la presencia militar en Afganistán (que había decidido e inaugurado el anterior gobierno de centro-derecha presidido por Silvio Berlusconi, cuyos representantes ahora le niegan el apoyo), al primer ministro le ha parecido suficiente motivo para presentar su dimisión. No ha recibido un voto de censura, pero igualmente ha entendido que debía dimitir. Pudo haberse presentado ante la Cámara de Diputados para pedir un voto de confianza, y tal vez habría evitado la “crisis”, aunque su gobierno quedara signado por la debilidad. Tal vez aquí radique la “maniobra” del señor Prodi, pues es posible que el presidente de la República, al concluir sus consultas, acabe proponiendo al Parlamento el mismo nombre del primer ministro renunciante para formar un nuevo Consejo. Dependerá de las cartas que éste tenga en sus manos, que su jugada gane un triunfo o que éste pase a manos ajenas. Naturalmente, el tema de política exterior que motivó la “crisis” deberá colocarse en el centro de cualquier acuerdo que habilite una nueva mayoría. Es así que funciona el parlamentarismo, una forma de gobierno que suele ser erróneamente acusada de favorecer la inestabilidad política. Y por contraste se ofrece como ejemplo de estabilidad al presidencialismo que predomina en los países americanos, e incluso a las mayorías absolutas obtenidas para el presidente con el artilugio del balotaje. Como si no fueran suficientes los casos de caídas estrepitosas, vacíos de poder o atropellos a la democracia que los regímenes presidencialistas han producido en estas tierras. Al igual que todos los países de Europa, Italia es un ejemplo notable de un país que pasó de la postración de posguerra, la miseria y el subdesarrollo, a la situación que ahora la muestra al mundo como una nación rica, industrializada y moderna, con una vida democrática fuerte y estable. Desde 1945, la nueva República italiana, parlamentaria, nunca ha dejado de tener un gobierno instalado, garantizada la continuidad institucional por la función moderadora pero no gobernante del jefe del Estado. La democracia cristiana, la “DC”, gobernó en Italia por más de medio siglo, de una forma o de otra y en múltiples coaliciones. Su máximo representante —después de Alcide de Gásperi (uno de los fundadores de la hoy llamada Unión Europea)— fue Giulio Andreotti, quien como joven promisorio era conocido en los pasillos interiores del Vaticano como “Andreottino”. Durante 48 años, entre 1954 y 1992, la figura aparentemente incombustible de Andreotti se paseó por casi todos los gobiernos en que la DC estuvo presente, ocupando variadísimos ministerios y en muchas ocasiones como presidente del Consejo. En 1993, en medio de aquellos escándalos políticos que hasta hoy no han sido definitivamente desentrañados, el ya anciano Andreottino fue acusado por la justicia de ciertos delitos por antiguas conexiones con la mafia, y otros relacionados con la financiación ilegal de los partidos. Nada de esto, sin embargo, tuvo que ver con el sistema parlamentario de gobierno, como tampoco lo tuvieron el período de acción terrorista de las Brigadas Rojas ni los oscuros manejos de la logia P2 con la banca del Vaticano, ni los insondables poderes mafiosos que llevaron a la inmolación del incorruptible juez Falcone y condujeron al movimiento “mani pulite”. El mundo contempla hoy el
funcionamiento normal del sistema parlamentario italiano, la forma de
gobierno más racional y democrática que la evolución
política occidental ha producido. Un sistema que, con sus diversas
modalidades accesorias, ha ayudado a construir la moderna Europa, en libertad
y en democracia, bajo el modelo de la economía social de mercado
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