<%@LANGUAGE="JAVASCRIPT" CODEPAGE="1252"%> Guillermo Fernández

"Decir las cosas bien"

"Decir las cosas bien, tener en la pluma el don exquisito de la gracia y en el pensamiento la inmaculada lupa de la luz, donde se bañan las ideas para aparecer hermosas, ¿no es una manera de ser bueno?"
Así escribió Rodó, en conocida página, su concepción acerca de la necesaria relación entre la claridad y la belleza en el decir.
Eran tiempos del auge modernista en cuyo credo se inscribía el Rodó pensador y el Rodó estilista. La idea de conducir al hombre hacia la verdad por el cultivo de lo bello, ya proclamado por Schiller en sus famosas cartas, recogidas por el pensamiento positivo de Guyau y de Renán, halló en el maestro uruguayo acaso su más ilustre pregonero.
Por entonces aún no eran tema diario la explosión demográfica, el problema alimentario a escala mundial, la revolución tecnológica, y otros que han impreso a nuestro mundo y a nuestro tiempo sus conocidas características.
Sin embargo, sigue siendo importante, acaso más importante, aquel consejo de "decir las cosas bien". No amparan ahora a la recomendación sólo las hermosas razones aportadas por el autor de Ariel y de otras obras, honor y gloria de las letras uruguayas e hispanoamericanas; obran otros factores que, sin desmerecer a aquellos, vienen a imponer el bien decir como exigencia primerísima del momento, no tanto en el aspecto estético-moral apuntados, sino en los más elementales y básicos de reclamos de la precisión, la claridad, el orden y la concisión, capaces de recoger y expresar fiel y adecuadamente nuestro pensamiento.

* * * * *

Vivimos la era de la comunicación. La recomienda el filósofo confesando la impotencia del esfuerzo filosófico ante el misterio de las últimas causas y los primeros principios, pero anotando la validez de la intercomunicación, siquiera sea de nuestra ignorancia, como el primer paso hacia la verdad; lo proclama la técnica, multiplicando y renovando las formas de comunicación hecha ahora imagen y color, sonido y movimiento; lo pregona el arte, renovando sus formas expresivas, y lo exige, al fin, acaso el principal, la vida práctica al más común y cotidiano nivel de la relación humana.
Saber decir es hoy tan necesario como saber hacer, porque el decir integra hoy parte importante de la tarea humana.
No nos referimos únicamente a aquellas tareas, oficios o profesiones donde el empleo de la palabra oral o escrita era y es el instrumento y el fin, como ser, oradores, escritores, periodistas, maestros y otras formas profesionales; pensamos, también, en el avance que la comunicación hace hacia otros campos de la actividad humana, donde integra hoy capítulos de singular importancia, aún allí donde el saber profesional estuvo antes reservado, en exclusividad, a quienes de él y para él vivían.
Molière y Quevedo, entre otros, en sus respectivos tiempos y países, ironizaron expensas de una medicina, hoy prehistórica, que refugiaba su escaso saber y su escasa ignorancia en el uso del latín que ya nadie entendía. Hoy la medicina preventiva anticipa, mediante la comunicación masiva, síntomas, características y tratamiento de las enfermedades.
Las campañas de educación sanitaria, utilizando los más diversos y eficaces modos de expresión, hacen publicidad de lo que antes era secreto. Las técnicas del agro (ingenieros, veterinarios, extensionistas, expertos en las diversas especialidades), hacen de la comunicación, en forma de conferencias, consejos, mesas redondas, folletos y cartillas, capítulo intenso y efectivo de su labor.
Los trabajadores sociales, economistas, sociólogos, asistentes, visitadores, investigadores, pedagogos y políticos, hacen uso de la entrevista y la encuesta, formas altamente tecnificadas de la comunicación.
La vida misma de la diaria relación, cada vez más exige el uso de adecuadas y correctas formas de expresión u entendimiento. Digan si no, los oficinistas encargados de la atención al público, las dificultades que suelen encontrar para saber qué quieren algunos de los que allí concurren, los tropiezos aún existentes en ciertos casos para comprender y llenar un simple formulario, que indican que aún no se ha hecho todo por instrumentar suficientemente esta exigencia actual que es la correcta comunicación.

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Alguna vez, en nuestra vida profesional, oímos que un joven elige su carrera porque no tiene tal o cual disciplina científica, que no le gusta, o en la que tiene dificultades; otras veces su opción varía porque no le gustan las letras, o tiene dificultades de expresión.
Ambas situaciones merecen, a nuestro juicio, revisión, porque así como sería imposible expresarse sin tener de qué hablar, de muy poco valdría el saber científico si se carece de las herramientas que hacen posible su discusión y su análisis a nivel técnico, o su explicación y divulgación a nivel popular.
El viejo "res non verba" (hechos o cosas, no palabras), que la antigua sabiduría latina quiso oponer al pensamiento reflexivo, es decir, traducido en palabra de los griegos, tiene, naturalmente, su valor en el campo del trabajo, del arte o de la técnica; pero su reconocimiento no ha de llevarnos a ignorar o a disminuir el calor de esa forma universal de comunicación que es el lenguaje, en todos los tiempos, y más en el nuestro, cada vez más requerido de una auténtica, eficaz y armónica relación entre los hombres.
(Audición No. 440. 17/3/1976)

 

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